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El chiste y la acción innovadora

Traducción de Marcelo Expósito, revisada por Joaquín Barriendos

Paolo Virno

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El animal humano tiene la capacidad de modificar sus formas de vida, divergiendo de reglas y hábitos consolidados. Si no se tratase de una palabra amenazada por demasiados equívocos, se podría incluso decir que el animal humano es "creativo". Esta constatación, de por sí indudable, no se asemeja en nada a un happy end;  por el contrario, suscita más bien toda suerte de preguntas y de dudas. ¿De qué requisitos se sirven la praxis y el discurso para enfilar una dirección imprevista? ¿Cómo adviene la ruptura del estado de equilibrio que predominaba hasta aquel momento? ¿En qué consiste, en definitiva, una acción innovadora?

Hay un modo probado de liquidar el problema manteniendo, además, la apariencia de ocuparse del mismo sin miramientos. Basta con asumir el término "creatividad" ampliamente, de manera tal que éste se haga coextensivo del de "naturaleza humana". Con esta operación se llega rápidamente a una cierta tautología tranquilizadora. El animal humano sería capaz de innovar por estar dotado de lenguaje verbal, o porque adolece de un ambiente delimitado e invariante, o porque es histórico: en definitiva, porque es... un animal humano. Aplausos, telón. La tautología elude el punto más espinoso e interesante: la acción transformadora es intermitente, o incluso rara. La tentativa de explicar este estatuto convocando los caracteres distintivos de nuestra especie carece de objetivo, ya que estos caracteres valen, como es obvio, también cuando la experiencia es uniforme y repetitiva.

Chomsky sostiene que nuestro lenguaje es “constantemente innovador” gracias a su independencia de “estímulos exteriores o estados internos” (y por otros motivos que aquí no viene a cuenta recordar). De acuerdo, pero, ¿por qué esta independencia (la cual nunca se eclipsa) sólo en ciertos casos da lugar a ejecuciones verbales insólitas y sorprendentes? No ha de asombrarnos que Chomsky, habiendo atribuido la creatividad al lenguaje en general (o sea a la "naturaleza humana"), concluya que constituye un misterio inescrutable. Pero hay más ejemplos. Según la antropología filosófica de Arnold Gehlen el Homo Sapiens, a causa de su ingenuidad instintiva, está siempre atrapado en una sobreabundancia de estímulos no dirigidos biológicamente, de los cuales no se derivan comportamientos unívocos: es por esto que su acción –“infundada” como es– es inevitablemente creativa. Queda sin tramitar, también aquí, la pregunta crucial: ¿por qué razón la sobreabundancia de estímulos no dirigidos da lugar, por lo general, a operaciones estereotipadas, y sólo raramente a una repentina innovación?

Es del todo legítimo deducir de ciertos rasgos definitorios de nuestra especie las condiciones que hacen posible la variación de las conductas. Pero es un error ostensible identificar estas condiciones de posibilidad con los recursos lógico-lingüísticos particulares que se convocan en cuanto varía realmente una sola conducta. Entre las unas y los otros hay un hiato: el mismo hiato, para entendernos, que separa la intuición a priori del espacio y la indiferencia mediante la cual se formula, o se comprende, un teorema geométrico. La independencia de los enunciados respecto a “estímulos externos o estados interiores” (Chomsky) y la ingenuidad instintiva (Gehlen) no explican por qué el cojo, interpelado por un ciego que le pregunta despistadamente “¿Cómo andas?”, responde con un lacerante, y no poco creativo, “Ya ves”. Chomsky y Gehlen indican solamente los motivos por los que el cojo puede reaccionar incluso así (diferentemente a muchos otros modos que resultarían menos sorprendentes: “Bien, ¿y usted?”, “Como Dios”, “Podría andar peor”) a la involuntaria provocación del ciego, pero nada se nos dice sobre los procedimientos efectivos que dan lugar a la orientación imprevista del diálogo. Los recursos lógico-lingüísticos de los cuales se alimenta la acción innovadora están más circunscritos, o son menos genéricos, que sus condiciones de posibilidad. Aún así, siendo prerrogativa de cualquier animal humano, tales recursos vienen a ser utilizados, y consiguen sus mayores resultados, solamente en algunas ocasiones críticas. Vale decir: cuando una forma de vida, que con anterioridad parecía incontrovertible, adopta la apariencia de un hábito demasiado amplio o demasiado estrecho; cuando se vuelve incierta la distinción entre "plano gramatical" (las reglas del juego) y "plano empírico" (los hechos a los que aquellas reglas deben aplicarse); cuando la praxis humana se encuentra, aunque fuese en fuga, en aquel embrollo lógico que los juristas llaman estado de excepción.

Para esquivar el riesgo de la tautología propongo, entonces, una acepción de "creatividad" muy restringida, incluso decididamente angosta: las formas de pensamiento verbal que permiten variar la conducta propia en una situación de emergencia. El reclamo tautológico a la "naturaleza humana" no explica nada: ni el estado de equilibrio, ni el éxodo respecto de un equilibrio tal. Viceversa, una indagación sobre los recursos lógico-lingüísticos que se vuelven predominantes solamente en caso de crisis, además de poner en relieve la técnica de la innovación, arroja también una luz diferente sobre los comportamientos repetitivos. Es más bien la ocurrencia inesperada del cojo, y no la independencia constitutiva del lenguaje verbal respecto a los condicionamientos ambientales y psicológicos, lo que puede aclarar algún aspecto importante de las respuestas estereotipadas cuya ocurrencia era mucho más probable. La suspensión o modificación de una regla muestra las paradojas y las aporías habitualmente inadvertidas que están enraizadas en su aplicación más ciega y automática.

Las páginas siguientes versan sobre el chiste. En la convicción de que ello ofrecerá una base empírica adecuada para comprender el modo en el que el animal lingüístico imprime a veces una desviación inesperada a su praxis. Además, el chiste parece ejemplificar acertadamente la acepción restringida de "creatividad": esto es, aquella que no coincide tautológicamente con la naturaleza humana en su totalidad, sino que tiene como exclusivo banco de pruebas una situación crítica. El principal punto de referencia textual es el ensayo de Freud sobre el Witz (El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905): no existe, que yo conozca, una tentativa igualmente significativa de destilar una taxonomía detallada, botánica por así decir, de las diversas especies de argucia. Y es notable el empeño profuso del autor por precisar cuáles son las figuras retóricas y los esquemas de razonamiento que abren paso a la ocurrencia fulminante. Debo advertir, no obstante, que mi interpretación de los materiales recogidos y censados por Freud es rigurosamente no freudiana. En vez de detenerme en la eventual afinidad con el trabajo onírico y el funcionamiento del inconsciente, querría resaltar el nexo estrecho que liga el chiste a la praxis en la esfera pública. No debe asombrar a nadie por tanto el que, a propósito de una argucia exitosa, no diga nada sobre los sueños y sí mucho sobre la phronesis, esto es, sobre la astucia práctica y del sentido de la medida que guían a quien actúa sin red protectora a la vista de sus semejantes.

El chiste es el diagrama de la acción innovadora. Por "diagrama" entiendo, con Peirce y con los matemáticos, el signo que reproduce en miniatura la estructura y las proporciones internas de un cierto fenómeno (pensemos en una ecuación o en una carta geográfica). El chiste es el diagrama lógico-lingüístico de las iniciativas que, en ocasión de una crisis histórica o biográfica, interrumpen el flujo circular de la experiencia. Es el microcosmos en el cual se muestran nítidamente aquel cambio de dirección argumentativa y aquellos desplazamientos de significado que, en el macrocosmos de la praxis humana, provocan la variación de una forma de vida. En síntesis extrema: el chiste es un juego lingüístico bien delimitado, provisto de sus técnicas peculiares, cuya función principal consiste, no obstante, en mostrar la transformabilidad de todos los juegos lingüísticos.

Esta impostación general se articula en dos hipótesis subordinadas que conviene enunciar pronto. He aquí la primera. El chiste tiene mucho que ver con uno de los problemas más insidiosos de la praxis lingüística: cómo aplicar una regla a un caso particular. Tiene mucho que ver, además, con la propia insidia, es decir, con la dificultad y la incertidumbre que a veces se presentan al momento de aplicarla. El chiste no deja de mostrar de qué diferentes maneras, incluso contradictorias, se puede obedecer a la misma norma. Pero son propiamente las divergencias que emergen en la aplicación de la regla las que provocan, con frecuencia, el cambio drástico de ésta. Lejos de situarse por debajo o por fuera de las normas, la creatividad humana es verdaderamente subnormativa: esto es, se manifiesta únicamente en los senderos laterales e impropios cuyo inicio nos hace conocer mientras nos esforzamos por atenernos a una norma determinada. Por paradójico que pueda parecer, el estado de excepción tiene su lugar de residencia originario en esa actividad, sólo en apariencia obvia, que Wittgenstein llama “seguir una regla”. Esto implica, a la inversa, que cada humilde aplicación de una norma contiene siempre en sí un fragmento de “estado de excepción”. El chiste saca a la luz este fragmento.

La segunda hipótesis subordinada puede enunciarse de la siguiente manera: la forma lógica del chiste consiste en una falacia argumentativa, es decir, en una inferencia indebida o en el uso incorrecto de una ambigüedad semántica. Por ejemplo: atribuir al sujeto gramatical todas las propiedades que pertenecen a su predicado, cambiar la parte por el todo o el todo por la parte, instituir una relación simétrica entre antecedente y consiguiente, tratar una expresión lingüística como si estuviese hecha de lenguaje-objeto. Por decirlo de un tirón, me parece que hay una correspondencia puntual y minuciosa entre los diversos tipos de argucias catalogados por Freud y los paralogismos estudiados por Aristóteles en su obra Refutaciones sofísticas. En el caso del chiste, las falacias argumentativas revelan no obstante una índole productiva: esto es, sirven para hacer algo, son mecanismos indispensables para cumplir una acción verbal que “sorprende e ilumina” (Freud).

Se perfila aquí una cuestión delicada. En efecto, si es verdad que el chiste es el diagrama de la acción innovadora, habrá que suponer que su forma lógica, o sea la falacia, desarrolla un papel importante por cuanto se trata de cambiar el modo de vida mismo. Pero ¿no es extraño incardinar la creatividad del Homo Sapiens en el racionamiento vicioso, en definitiva, en el error? Ciertamente lo es: extraño e incluso peor. Sería estúpido, no obstante, creer que haya alguien tan estúpido como para sostener una hipótesis semejante. Lo que nos interesa es comprender en qué circunstancias y en qué condiciones el paralogismo deja de ser... un paralogismo, o sea, no puede seguir siendo considerado incorrecto o falso (con rigor lógico, se entiende). Va de suyo que solamente en estas circunstancias y en estas condiciones la "falacia" se convierte en un recurso irrenunciable de la acción innovadora.

 

“Prólogo” del libro Motto di spirito e azione innovativa. Per una logica del cambiamento, Bollati Boringhieri, 2005.