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Comentarios sobre el texto de Branka Ćurčić

Traducción de Marcelo Expósito

Boris Buden

Boris Buden

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Marcelo Expósito (translation)

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transversal

progressive institutions

[Véase Branka Ćurčić, “Espacios autónomos para la desarticulación y la crítica: ¿es posible cooperar con instituciones artísticas neoliberales?]

 
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¿Qué es una “institución artística neoliberal”? ¿Una institución de la hegemonía neoliberal? ¿O una institución bajo la hegemonía neoliberal?

Como sabemos, Hayek & Co iniciaron la batalla por llevar a cabo sus ideas neoliberales, en un principio, como una batalla por las ideas en sí mismas, una batalla para conquistar los “corazones y las almas”. En efecto, estas ideas realizaron una “larga marcha a través de las instituciones” antes de tomar el poder político: a través de universidades, institutos, iglesias, medios de comunicación, asociaciones profesionales, varios tipos de instituciones artísticas y culturales; en otras palabras, a través de lo que ellos llamaban la sociedad civil. La hegemonía neoliberal que hoy es tan poderosa comenzó así, siendo muy pequeña, en forma de hegemonía cultural. Una vez que la influencia ideológica se había obtenido de esta manera, el siguiente paso fue conquistar la esfera política infiltrándose en los partidos políticos y finalmente ocupando países enteros. En primer lugar se convenció a la gente de que no hay alternativa al neoliberalismo, siendo después dichas alternativas eliminadas políticamente (o mediante golpes de Estado militares), completándose así el “giro neoliberal”. Es por esta victoria política que la hegemonía neoliberal pudo establecerse en forma de condición epocal.

Una institución de hegemonía neoliberal es en consecuencia una institución que se identifica con las ideas neoliberales, articulándolas abiertamente y diseminándolas sistemáticamente en su actividad. En otras palabras, es un aparato de la hegemonía neoliberal.

Empero, una institución bajo la hegemonía neoliberal ni afirma necesariamente las ideas neoliberales ni las pone obligatoriamente en práctica. Incluso puede que las desprecie o cuestione abiertamente; pero aunque luche contra la hegemonía neoliberal no puede eludirla. Esta hegemonía determina la manera en que se reproduce como institución. Forma parte de la naturaleza de la hegemonía neoliberal el hecho de que no se la pueda simplemente evitar ni se pueda adoptar por voluntad propia una posición externa a ella. Es precisamente porque define su propio afuera que se trata de una hegemonía. Es en este sentido, y sólo en este sentido, que todas las instituciones son neoliberales bajo la hegemonía neoliberal, incluso aquellas que se resisten.

La noción de que alguien puede elegir libremente instituirse fuera del mundo neoliberal pertenece por entero a este mundo neoliberal. En otras palabras, quienes creen que la cuestión de si se es neoliberal o no es una simple cuestión de libertad de elección ni siquiera necesitan planteársela, porque ya tienen respuesta. La libertad de elección es la manera en que el neoliberalismo ha hegemonizado o —por ceñirnos a la jerga neoliberal— privatizado o patentado la libre voluntad. Quienes pueden privatizar o patentar el agua, las plantas o incluso los seres genéticamente manipulados pueden también privatizar o patentar la libertad de acción. Es así en concreto, en forma de libertad de elección, como el neoliberalismo posee el copyright exclusivo de la libre voluntad humana. Quienes hoy día hacen uso de dicha libre voluntad están ya jurando lealtad a la hegemonía neoliberal. En breve: la libertad se ha convertido hoy en una traducción cuyo original es propiedad exclusiva del neoliberalismo.

 
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Es por tanto crucial, especialmente en la situación llamada poscomunista o postsocialista, entender lo que “no es todavía completamente neoliberal” o lo que ha sido “arruinado o rechazado tras el colapso del socialismo” no en el sentido de un espacio que se encuentra fuera de la hegemonía neoliberal. El rechazo sistemático de las instituciones anteriormente socialistas o su ruina sistemática es también ya un efecto de la hegemonía neoliberal. No resulta por tanto de mucha ayuda distinguir entre las viejas (“todavía no liberales”) y las nuevas (“ya completamente liberales”) instituciones. También en este aspecto es la propia hegemonía neoliberal la que arbitrariamente decide lo que es viejo, perteneciente al pasado y por tanto necesariamente rechazable o arruinable, y lo que es nuevo, lo que tiene un futuro prometedor o es inevitable o necesario. Lo mismo se puede decir de la configuración geográfica que se supone intrínseca a esta diferencia: el Occidente capitalista desarrollado aparenta ser una especie de origen histórico de la hegemonía neoliberal, una localización geográfica y cultural en la que ésta tiene lugar en su forma auténtica y más desarrollada, mientras que en el Este (en la Europa del Este poscomunista, por ejemplo) se aduce que esta hegemonía todavía pugna por establecerse, por arrojar lo viejo al basurero de la historia mundial reemplazándolo por lo nuevo. La hegemonía neoliberal no funciona de acuerdo con el viejo esquema del poder colonial, conquistando territorios salvajes y primarios que aún no están integrados en el tiempo histórico. Se puede decir del propio Occidente que no es más que una ruina histórica: la ruina del Estado de bienestar, del keynesianismo ideológico y político, de la solidaridad colectiva típica del modernismo industrial, de la socialdemocracia, de las instituciones luchadoras de la clase trabajadora, de sus sindicatos y movimientos políticos, etcétera. ¿No es más bien Europa del Este, al contrario, el lugar en el que la idea neoliberal encuentra su ambiente político “auténtico”, “natural”: tsunamis privatizadores en los que aquello que antes era propiedad del pueblo ahora se convierte en propiedad de los pocos nuevos ricos literalmente de un día para el otro y sin resistencia significativa? En efecto, es en el Este donde habita realmente una fe ciega en los principios básicos de la ideología neoliberal, en la omnipotencia de la iniciativa privada, en el poder autorregulador del mercado, en el elixir de la “desregulación”; en breve, en la economía de mercado desencadenada como la realización última de la libertad. Es aquí donde inclusos las víctimas de esta ideología se someten a ella entusiásticamente, donde el neoliberalismo se encuentra realmente en casa.

Conclusión: la diferencia actual entre Occidente y el Este (poscomunista) no es una diferencia entre un capitalismo neoliberal altamente desarrollado y un postsocialismo todavía subdesarrollado y no-todavía-neoliberal, entre el neoliberalismo fáctico y su afuera. Esta diferenciación tiene lugar por completo en el seno de la hegemonía neoliberal. El llamado desarrollo desigual pertenece de por sí al modus operandi de esta hegemonía.

 
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El problema con la idea de autonomía o con la noción de un agente autónomo que ejerce la crítica, la lucha política o el cambio radical es que, en el fondo, emula el modelo ideológico de la creación de una sociedad democrática (neo) liberal moderna. Es una especie de contra-robinsonada frente a la conocida fábula del “contrato social” en las versiones que van de Hobbes y Rousseau hasta Rawls: el sujeto del cambio radical en el capitalismo neoliberal actual se pretende que emerge bajo la forma de un grupo independiente y autoorganizado, los miembros del cual (todos ellos individuos libres e independientes) comienzan con nada más que su auténtica voluntad de hacer el bien (por ejemplo la justicia, la igualdad y la libertad para todo el mundo, etc.), o quizá incluso con alguna pequeña propiedad inmobiliaria, como pueda ser una casita, en la que se pueden organizar una vida autárquica en una Isla de Robinson situada en medio del océano del capitalismo neoliberal.

 
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Todavía no mancillados por ningún interés egoísta o —Dios nos perdone— económico, estos nobles seres salvajes de la resistencia contra el neoliberalismo gozan por tanto de libertad de elección, de querer comunicarse o no con el mundo exterior, de querer —como en el caso que nos atañe— cooperar o no con las instituciones artísticas neoliberales. El dilema se plantea de esta forma como simplemente moral: ¿debes o no dejarte manchar por el capitalismo neoliberal y, en caso de que sí, hasta qué punto? ¿Cuál es el límite de mugre neoliberal que puede soportar una institución artística neoliberal con el fin de mantener protegido su núcleo duro antineoliberal y no ser cooptada por la hegemonía neoliberal? La llamada autocrítica también sigue con frecuencia esta misma lógica moralista. En lugar de convertirse en sujeto de una reflexión crítica sobre su propia realidad histórica, basándose en su propia práctica de resistencia, se fabrica uno reproches moralistas sobre su colaboracionismo. La vida de la crítica y de la autocrítica es bastante simple en este mundo perfecto del antineoliberalismo: ahí está el enemigo, esto es, la institución (artística) neoliberal; aquí estamos nosotros y nosotras, quienes nos organizamos con fe sin transar, autónomamente; y en medio están los traidores, los colaboracionistas con el capitalismo neoliberal. El trabajo de la crítica y de la autocrítica se convierte entonces en denuncia moralista.

En su conjunto, este moralismo constituye el capítulo más triste de la batalla contra la hegemonía neoliberal. Es el subproducto necesario de la autoproclamada autonomía que se cree capaz de armarse con contenidos positivos que extraen de sus propias fuentes para desafiar así al capitalismo neoliberal. Esta autoproclamada autonomía presupone un estado —o espacio— de inocencia imaginaria en el cual enraízan su propia acción política. En otras palabras, requiere una identidad prehistórica y prepolítica —y por tanto también universalista— para poder convertirse por completo en un sujeto político. Ambos conceptos de lo que es una acción política autónoma y afirmativa mencionados [en el texto de Branka Ćurčić], el de Badiou y el de Žižek, son contrarobinsonadas similares. Ambos articulan la autonomía política en el sentido de un espacio impuesto mediante la reflexión que necesita ser defendido o expandido. Así, en este contexto, se habla de “espacios públicos independientes y autónomos” que han de ser reanimados porque han sido ampliamente destruidos por las privatizaciones neoliberales[1]. Desde esta perspectiva la batalla contra la hegemonía neoliberal parece ser bien simple: nosotros y nosotras, lo público, contra ellos, lo privado. Empero, ni esta hegemonía se articula exclusivamente por medio de privatizaciones, ni la lucha contra ella se puede articular mediante el simple antagonismo entre lo público como bueno y lo privado como malo. Al contrario. Se comienza a comprender y a luchar contra la hegemonía neoliberal cuando se tiene la certeza de que una distinción clara y sin ambigüedades entre lo público y lo privado ya no es posible, o la certeza de que el poder real de esta hegemonía yace específicamente en su condición epocal: se ha borrado la clara separación entre lo público y lo privado con sus correspondientes atributos normativos. Una práctica política de resistencia no se puede extraer de conceptos filosóficos agotados. Debemos, en cambio, profundizar en la comprensión de nuestra situación histórica reflexionando críticamente acerca de nuestra propia práctica de resistencia.

Hablemos entonces con toda franqueza: ¿quiénes permitieron en realidad que se salvaran o establecieran los espacios de esfera pública, crítica y resistencia en Europa del Este inmediatamente después de la caída del comunismo y al comienzo de la transición al capitalismo? ¿Ya lo hemos olvidado? Fue George Soros, una de las estrellas del neoliberalismo, que logró su poder y fortuna siendo uno de los compadres favoritos de Margaret Thatcher. En aquel entonces no fue otro que Soros, o mejor dicho sus donaciones, lo único que garantizó no sólo la independencia frente a las instituciones artísticas “neoliberales”, sino también la autonomía de un público crítico casi extinguido por la crisis caótica y el autoritarismo nacionalista, así como sostuvo la existencia de un activismo político de izquierda antinacionalista y pacifista. El archipiélago del OSI (Open Society Institute [Instituto para una Sociedad Abierta]) y del SCCA (Soros Center for Contemporary Art [Centro Soros para el Arte Contemporáneo]), que se había extendido desde Budapest hasta Omsk e incluso más lejos, fue con frecuencia el último refugio de modernidad frente al termidor poscomunista, una coalición de políticos autoritarios, conservadurismo cultural y privatización neoliberal.

Soros se convirtió ya entonces en objeto de crítica. Se decía que había en realidad un interés neocolonialista tras su compromiso supuestamente filantrópico con Europa del Este. La ideología de la sociedad abierta que diseminó con la ayuda de su dinero se decía que era sólo un pretexto para asegurar su influencia en el Este poscomunista y hacerse así más rico. De este modo, a la intención de Soros y su ideología neoliberal se la despojaba de toda autenticidad. Esta crítica se basaba en la creencia de que el neoliberalismo pensaba en el poder y el dinero cuando decía la palabra libertad. Una crítica que constituye una ilusión no sólo inocente, sino además peligrosa.

En octubre de 1993 Soros ganó mil millones de dólares en dos semanas especulando con divisas, ganancias que invirtió en las sociedades civiles de Europa del Este y su activismo cultural, intelectual y artístico. Lo hizo porque creía en el poder de las ideas y especialmente en el poder de la idea de libertad. No estaba interesado en el poder sobre el pueblo de Europa del Este, sobre sus reservas petrolíferas, su potencia industrial o sus bancos. Soros y, con él, la ideología neoliberal, no quieren agarrar los tesoros del mundo existente, sino los de un mundo posible. Lo que conquistan no son espacios políticos ni sociales, sino una dimensión: la dimensión, en concreto, de la creatividad social y la del sujeto de esta creatividad, la dimensión de la crítica.

He ahí la fuente del poder cooptador de la hegemonía neoliberal. No reside en el concepto de tolerancia ni en su capacidad moral o intelectual para absorber y disolver, de forma indolora, toda crítica; reside más bien en su capacidad de agarrar la crítica, patentándola, por así decir, y privatizándola. Quien posea la crítica social, o su versión actual, la crítica cultural, también controla la dimensión utópica de la sociedad. Ése es en efecto el meollo de la hegemonía neoliberal: la conquista o colonización de la utopía. La utopía no colapsó en 1989 con el socialismo real ni se desvaneció en el aire. No vivimos, como se suele decir, en un mundo postutópico, sino en un mundo en el que la utopía ya sólo sucede en su traducción neoliberal. En la esperanza neoliberal de libertad, la libertad de tener esperanzas y el potencial de la crítica social se han quedado mudos.



[1] Deberíamos dejar ya de referirnos a conceptos como autonomía, batallas políticas, afirmación y negación, tanto como a la libertad, mediante estas metáforas espaciales. El espacio es la cuenca seca del río por el que fluía el tiempo histórico, el fósil de un movimiento que hace mucho se detuvo. Su significado es arqueológico, no político.