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08 2004
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Nociones Comunes, parte 2: del análisis institutional a experiencias contemporaneas entre investigacion y militancia

Marta Malo de Molina

Marta Malo de Molina

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El análisis institucional

Coincidiendo temporalmente con los grupos de autoconciencia feministas[1], el análisis institucional surge en Francia a partir de las corrientes de la pedagogía y de la psicoterapia «institucionales», como superación de ambas en un clima de gran efervescencia social y de crisis de las instituciones. Para el análisis institucional, la institución es la forma (en principio oculta) que adopta la producción y la reproducción de las relaciones sociales dominantes. Su crisis determina la apertura de un espacio crítico que el análisis institucional pretende explorar, partiendo de la propia institución para descubrir y analizar su base material, su historia y la de sus miembros, su lugar en la división técnica y social del trabajo, las relaciones que la estructuran, etc. ¿Cómo? En primer lugar, reconociendo la falsedad de la neutralidad del (psico)analista o pedagogo y la intervención que conlleva todo proceso analítico o educativo. En segundo lugar, liberando la palabra social, la expresión colectiva y una «política » (o, más bien, micropolítica) de los deseos, a partir de la implicación en el análisis institucional de todos y cada uno de los miembros de la institución. Tal y como escribe Félix Guattari a este propósito: «La neutralidad es una trampa: siempre se está comprometido. Vale más tomar conciencia de ello para contribuir a que nuestras intervenciones sean lo menos alienantes posible. Más que conducir una política de sujeción, de identificación, de normalización, de control social, de encarrilamiento semiótico de las personas con las que tenemos que ver, es posible escoger lo contrario, una micropolítica que consiste en hacer presión, a pesar del poco peso que se nos ha conferido, en favor de un proceso de desalienación, de una liberación de la expresión, de un empleo de “puertas de salida”, es decir, de “líneas de fuga” con respecto a las estratificaciones sociales». Y también: «Para un análisis auténtico [...] el problema central no sería el de la interpretación, sino el de la intervención. ¿Qué puede hacerse para cambiar esto?».[2]

Sin embargo, no será éste el único sentido en que el análisis institucional ligue el plano analítico al de la acción. Dados sus orígenes en la pedagogía y la psicoterapia, las instituciones que aborda en concreto son, sobre todo, la Escuela y el Hospital (psiquiátrico), pero, desde el principio, se asume el carácter no aislado de estos espacios y se entiende que el conjunto del sistema institucional se comunica y articula en el Estado. Esto conduce a una relación directa entre el análisis institucional y la militancia o acción política: en última instancia, el Estado siempre recurrirá a la violencia cuando vea peligrar la estabilidad del sistema institucional, lo cual hace imposible «descubrir» o analizar la institución sin que ello implique en determinado momento algún tipo de «enfrentamiento» y de experiencia en el sentido fuerte del término  – por lo tanto, de acción, de militancia.

Aunque algunos libros tiendan a excluir a Félix Guattari como representante del movimiento institucionalista, será este anómalo y prolífico pensador, analista y militante quien acuñará el término «análisis institucional» en torno a 1964/1965, en una sesión de un grupo de reflexión sobre psicoterapia institucional.[3] Y lo hará ante la necesidad de una doble demarcación: por un lado, frente a la corriente de Daumezon, Bonafé y Le Guillant (responsables del lanzamiento de la expresión «psicoterapia institucional» en los tiempos de la Liberación francesa), que limitaba el análisis a una cuestión intramuros de la institución psiquiátrica, aislándolo así del conjunto del socius y pretendiendo que era posible desalienar las relaciones sociales del hospital con un trabajo restringido a las distintas esferas del propio recinto; por otro lado, frente a la especialización de la práctica analítica, que la colocaba bajo la responsabilidad exclusiva de una persona o grupo «experto», otorgando a éste un extraordinario poder: «El análisis sólo tendrá sentido si deja de ser el asunto de un especialista, de un individuo psicoanalista o incluso de un grupo analítico, que se constituyen, todos ellos, como una formación de poder. Pienso que debe llegar a producirse un proceso que surja de lo que he llamado agenciamientos de enunciación analíticos. Dichos agenciamientos no están compuestos solamente de individuos, sino que dependen también de cierto funcionamiento social, económico, institucional, micropolítico...».[4]

En esta línea, el análisis institucional considerará a los movimientos sociales como agenciamientos de enunciación analíticos privilegiados y encontrará ejemplos en este sentido en el movimiento feminista y en el movimiento de las radios libres.[5]

La práctica del análisis institucional se alimentará y proliferará en el seno de la revista Recherches y del FGERI (Federación de Grupos de Estudio y de Investigación Institucionales), que reunía a grupos psiquiátricos que se interesaban por la terapia institucional, grupos de maestros provenientes del movimiento Freinet,[6] grupos de estudiantes ligados a la experiencia de los BAPU,[7] arquitectos, urbanistas, sociólogos, psicosociólogos … Este enriquecimiento llevará a incorporar dos vertientes en el proceso analítico: por un lado, una «investigación sobre la investigación», es decir, un análisis que tuviera en cuenta «el hecho de que los investigadores no pueden comprender su objeto sino con la condición de que ellos mismos se organicen, de que se cuestionen a propósito de cosas que no tienen nada que ver, aparentemente, con el objeto de su investigación »;[8] por otro, la idea de «transdisciplinariedad» en la investigación, que permitirá desbloquear falsos problemas. Es también en este contexto en el que se lanzan nociones clave que más tarde serán incorporadas por las ciencias sociales críticas: analizador, transferencia institucional, transversalidad … En concreto, la transversalidad será un principio vertebrador del análisis: «El análisis, a mi modo de ver, consiste en articular, en hacer coexistir – no en homogeneizar ni en unificar –, en disponer según un principio de transversalidad, en lograr que se comuniquen transversalmente distintos discursos […], discursos de distintos órdenes y no solamente discursos de teorización general, sino también microdiscursos, más o menos balbuceantes, en el nivel de las relaciones de la vida cotidiana, de las relaciones con el espacio, etc.».[9]

Frente a la fe de la práctica de la autoconciencia (y de mucha teoría y práctica marxista) en el plano consciente, en la importancia de hacer emerger lo latente a los niveles de la conciencia, el análisis institucional, en gran parte por sus raíces en la psicoterapia y la pedagogía, insiste e incide en la potencia de los niveles moleculares, en el valor de los microdiscursos, en el interés de un trabajo colectivo sobre la economía del deseo. En este sentido, se insistirá en la importancia del vector analítico en las luchas y en la medida en que éste puede contribuir a desbloquearlas. A este respecto, Guattari escribirá: «Estoy convencido de que las luchas de clases en los países desarrollados, las transformaciones de la vida cotidiana, todos los problemas de la revolución molecular, no encontrarán ninguna salida si, al lado de los modos de teorización tradicional, no se desarrolla una práctica y un modo de teorización muy particular, a la vez individual y de masa, que, de manera continua, conduzca a una reapropiación colectiva de las cuestiones de la economía del deseo. […] Al mismo tiempo que uno formula algo que cree justo, o se involucra en una lucha que cree eficaz, se vuelve necesario el desarrollo de una especie de “pasaje al otro”, de aceptación de la singularidad heterogénea, de anti-proceso militante, que coincide con un proceso analítico».[10]

La historia del movimiento institucionalista tendrá dos fases y mayo de 1968 constituirá su momento de cesura. La primera fase será fundamentalmente francesa y su práctica concreta se mantendrá en el interior de un determinado marco institucional (un colegio, una clínica...). Después de mayo de 1968 encontramos, por un lado, en Francia, una tendencia al reencasillamiento del análisis institucional en el terreno de los especialistas (ya sean universitarios o profesionales de la psicosociología). El análisis institucional se convertirá con ello, de la mano de figuras como Georges Lapassade, René Lourau y Michel Lobrot, en un producto principalmente universitario y comercial. El problema aquí no será el de la recuperación de una práctica surgida al calor de dinámicas de crítica y autoorganización social (eterno falso problema), sino, de nuevo, como en el caso de la autoconciencia, la transformación del análisis institucional en un «método» formalizado y abstraído, o directamente en las antípodas, de las preocupaciones, problemas e inquietudes a partir de las cuales se formuló. Por otro lado, ya fuera de Francia (en especial, en Italia y el Reino Unido), el movimiento institucionalista se saldrá por completo del marco institucional para atacar los principios mismos de la institución y, ligado al movimiento contracultural de la década de 1970, fundar la antipsiquiatría y la educación sin escuela. Ivan Illich, David G. Cooper y Franco Basaglia serán aquí figuras de referencia.[11]

 
Investigación-Acción Participante

Nacida en contraposición al productivismo y tecnicismo de la I+D (investigación y desarrollo) a finales de la década de 1970, la I+A (investigación-acción, a la que más tarde se añadirá la «P» de participación) es fruto de la confluencia de escuelas críticas de investigación y pedagogía social (en especial, de la educación popular y de las teorías y experiencias de Paulo Freire y su pedagogía del oprimido) que conquistan una fuerte presencia en América Latina, ligadas a la educación de adultos y a la lucha comunitaria contra la miseria cotidiana. Tiene claras conexiones con el análisis institucional francés, aunque sobre todo con la versión «formalizada» de Lapassade, Lourau y Lobrot, y de él tomará conceptos clave como los de analizador o transversalidad. A la península ibérica llegará ya en la década de 1980, de la mano de la llamada sociología dialéctica de Jesús Ibáñez, Alfonso Ortí y Tomas R. Villasante.

La IAP pretenderá articular la investigación y la intervención social con los conocimientos, los saberes-hacer y las necesidades de las comunidades locales, poniendo en primer término la acción como lugar de validación de cualquier teoría y dando así una absoluta primacía a los saberes prácticos. La objetividad de estos saberes vendrá dada, entonces, por la medida en que se han creado en grupo, a partir del diálogo interpersonal y de un procedimiento que va de los elementos concretos a la totalidad abstracta, para volver a lo concreto, pero ya en condiciones de aferrarlo y generar acción (por lo tanto, el paradigma de la objetividad da paso a la reflexividad y a la dialogicidad, entroncando con la epistemología feminista). Sin embargo, obviamente, no vale cualquier acción: la acción que un proceso de IAP debe generar tiene que ser colectiva y contribuir a la transformación de la realidad, generando realidad nueva y más justa –éste constituye otro plano fundamental de validación del saber producido. De este modo, la praxis social (transformadora) es al mismo tiempo objeto de estudio y resultado de la IAP.

Otro elemento fundamental de la IAP es la ruptura con la relación sujeto (investigador) – objeto (investigado) característica de la investigación sociológica clásica: a partir del reconocimiento de la potencia de acción de todo sujeto social, se busca producir un proceso de coinvestigación, en el que distintos sujetos, con saberes-hacer diversos, se relacionan según criterios éticos. Los sujetos exteriores a la comunidad o realidad social que se investiga deben funcionar como elemento dinamizador, pero nunca sobredeterminante. Ello requiere una transparencia absoluta del proceso de investigación para todos los que participan en él, así como una articulación y retroalimentación constante entre el conocimiento técnico/científico que se pone en juego en el proceso (y que normalmente se trae de fuera) y los «saberes populares» ya existentes, combinando dinámicas de formación con dinámicas de autovalorización y articulación (discursiva y reflexiva) de los saberes no reconocidos y prestando permanente atención a los distintos planos de la subjetividad (que investigadores como Tomás R. Villasante dividirán en manifiesto, latente y profundo).[12]

Es cierto que la IAP, como proceso de investigación-acción formalizado, contratado por administraciones locales y empresas innovadoras, se convertirá en demasiadas ocasiones en herramienta de producción de consenso y de canalización y apaciguamiento del malestar social, en un contexto (la década de 1980) en el que las «mayorías silenciosas» empezaban a resultar inquietantes, y se hacía preciso hacerlas hablar para su mejor gobierno. Pero también es cierto que sus planteamientos iniciales, algunas de sus herramientas y ciertas experiencias de articulación de modos de acción colectivos a partir del análisis de las propias situaciones y de la combinación de saberes técnicos, teóricos y otros saberes menores (sobre todo aquellas en las que la participación no se daba por «invitación» desde las instituciones de gobierno, sino por «irrupción» de las comunidades locales – la distinción es de Jesús Ibáñez–), constituyen una fuente de inspiración para todo intento de hacer de la investigación una herramienta de transformación.[13]

 
Investigación militante ayer y hoy

Encuesta, coinvestigación. Composición de clase, autovalorización. Lo personal es político. Partir de sí. Transversalidad. Micropolítica y economía de los deseos. Liberación de la expresión. Líneas de fuga. Investigación-acción. Todos estos conceptos-herramienta reaparecerán en las iniciativas actuales que buscan articular investigación y acción, teoría y praxis. También muchas de las inquietudes, temas y problemas que se plantearon en los filones históricos que hemos recorrido. Resuenan de un modo extraño y, sobre todo, en un contexto totalmente diferente: mientras que las experiencias que hemos visto nacen todas en un clima de enorme efervescencia social, ligadas a movimientos sociales de masas, el terreno en el que se insertan la mayoría de iniciativas actuales pareciera más móvil, más cambiante, más disperso y más atomizado. ¿Qué tienen en común unas y otras, aparte de una serie de expresiones que estas últimas toman de las primeras, de manera no siempre ortodoxa, convirtiéndose así en sus hijas ilegítimas?

Veamos. En primer lugar, una fuerte inspiración materialista que, contra todo idealismo y contra toda ideología, busca el encuentro entre la cosa y el nombre, entre la cosa común y el nombre común. Es decir: en lugar de remitirse a interpretaciones del mundo sacadas de libros o panfletos (casi siempre congeladas), contrasta estas interpretaciones con los elementos de la realidad concreta y, a partir de ahí, procede de lo concreto a lo abstracto, siempre para volver a lo concreto y a la posibilidad de su transformación. De ahí, la absoluta primacía otorgada en todas las experiencias a la acción, a las prácticas: ya no se trata de que llevemos mucho tiempo interpretando el mundo y haya llegado la hora de cambiarlo (Marx dixit), sino que la interpretación del mundo va siempre asociada a algún tipo de acción o práctica –la pregunta será, entonces, qué tipo de acción: si de conservación del status quo o de producción de nueva realidad.

Tanto la aprehensión de los elementos concretos como la intervención sobre ellos se produce a través de esa máquina sensible que es el cuerpo, superficie de inscripción de una subjetividad que vive y actúa en una realidad social determinada. Por eso, en segundo lugar, podemos decir que otro elemento común es la crítica de toda teoría desencarnada, que pretenda (falsamente) enunciarse desde un lugar neutro desde el que todo se ve. No, señores: el pensamiento pasa necesariamente por el cuerpo y, por ello, es un pensamiento siempre situado, implicado, de parte. La pregunta es entonces ¿de qué parte nos colocamos? O, lo que es lo mismo ¿con quién pensamos? Con las luchas obreras, con las dinámicas de conflictividad y cooperación social, con las mujeres, con los locos, con los niños, con las comunidades locales, con los grupos subyugados, con las iniciativas de autoorganización …

La certeza de que toda producción de conocimiento nuevo afecta y modifica los cuerpos, la subjetividad, de aquellos que participan en el proceso constituiría un tercer elemento común. La coproducción de conocimiento crítico genera cuerpos rebeldes. El pensamiento sobre las prácticas de rebeldía da valor y potencia a esas mismas prácticas. El pensamiento colectivo genera práctica común. Por lo tanto, el proceso de producción de conocimiento no es separable del proceso de producción de subjetividad. Ni a la inversa. De poco sirve ir a contarle a la gente qué es lo que debe pensar, cómo debe interpretar su propia vida y el mundo, confiando en que esa transmisión de información de conciencia a conciencia sea capaz de producir algo, de liberar en algún sentido. Se trata de una operación demasiado superficial, que desprecia la potencia del encuentro entre singularidades diferentes y la fuerza de pensar y enunciar en común. De ahí el interés de articular formas colectivas de pensamiento e investigación: las prácticas de coinvestigación, autoconciencia y transversalidad van todas en este sentido.

Finalmente, como último elemento común podemos identificar la prioridad concedida a los objetivos y al proceso sobre cualquier tipo de método formalizado. El método, abstraído del contexto y de las preocupaciones de las que nace, se convierte en un corsé que impide la verdadera conexión entre experiencia y pensamiento, entre análisis y práctica de transformación, una especie de rejilla ideológica que atora los desplazamientos ante los nuevos problemas e inquietudes que el proceso va planteando a medida que avanza. Por encima de cualquier método, están las operaciones reales que el proceso de investigación militante es capaz de poner en marcha. La investigación militante es, en este sentido, siempre, un viaje abierto, que sabemos de dónde y cómo parte pero no adónde nos llevará.

Efectivamente, todos estos elementos comunes entre las experiencias del pasado y las iniciativas actuales se declinan en estas últimas de manera híbrida, balbuceante y nueva. Como decíamos, el contexto es otro. Muchas de las formas de investigación militante o investigación-acción de la actualidad se formulan, de hecho, en un esfuerzo por romper con la congelación de los conflictos reales y con la caída de las realidades rebeldes en lógicas resistencialistas, identitarias y grupusculares de la década de 1980 y gran parte de la década de 1990, en especial en la zona norte del globo. Y por romper tanto con el activismo voluntarista que marcó aquellos «años de invierno», como con su contrapunto, una visión desapasionada del conocimiento que lo separa de los contextos vitales, productivos, afectivos y de poder. Esto, junto con una realidad social atomizada, donde las comunidades fuertes parecen haberse desintegrado para siempre y las grandes movilizaciones aparecen y desaparecen sin dejar tras de sí rastros sólidos aparentes, concede, además, una enorme centralidad al problema del «pasaje al otro», de la relación con los otros, para poder alumbrar un pensamientoacción común que no se quede en el pequeño nosotros del grupito o grupúsculo.

En este contexto nuevo, y más allá de las filiaciones con el pasado, es posible detectar tres líneas actuales de indagación entre la investigación y la militancia, con múltiples puntos de conexión y resonancia entre sí, pero también con problemas específicos a cada una. Probemos a exponerlas de manera sumaria (y sin duda reductiva), en un esfuerzo por dibujar una pequeña cartografía de la investigación militante hoy, a modo de cierre de este prólogo:[14]

1)      Por un lado, encontramos una serie de experiencias de producción de conocimiento sobre/contra los mecanismos de dominación, que combinan la crítica del sistema de expertos, con la potenciación de saberes menores y la puesta en marcha de procesos colectivos de conocimiento, frente a la tendencia dominante a su individualización y privatización (a través de mecanismos como la legislación de patentes y copyright o la necesidad de construirse una trayectoria curricular en nombre propio). En este marco, se inscribiría la construcción colectiva de cartografías a caballo de procesos de movilización,[15] pero también la combinación de saberes expertos y saberes menores que se produce en experiencias como la de Act-Up[16] y las iniciativas, más clásicas, pero no por ello menos importantes, de investigación para la denuncia impulsadas por grupos de activistas que intervienen en terrenos sometidos a una especial violencia estructural.[17] Las jornadas celebradas en Barcelona en enero de este año, bajo el título Investigacciò. Jornades de Recerca Activista, constituyeron un importante encuentro de este tipo de experiencias.[18]

2)      Por otro lado, cabe identificar un conjunto de iniciativas que persiguen producir pensamiento desde las propias prácticas de transformación, desde su interioridad, para potenciar e impulsar esas mismas prácticas en un procedimiento virtuoso de la práctica a la teoría a la práctica, en ocasiones impulsado por el encuentro singular entre subjetividades no semejantes[19] y en otras ocasiones puesto en marcha a partir de la iniciativa de gentes que participan de la misma práctica que se pretende pensar.[20]

3)      Por último, podríamos hablar de aquellas iniciativas que toman la investigación como palanca de interpelación, subjetivación y recomposición política, que utilizan los mecanismos de encuesta, entrevista y grupo de discusión como excusa para hablar con otros y hablarse entre sí, para desafiar las distancias de un espacio social hiperfragmentado y probar a decir la propia realidad, en busca de nociones comunes que la describan y formas de resistencia, cooperación y fuga que la agujereen, dando así materialidad metropolitana al «caminar preguntando» zapatista.[21]

Los trazos gruesos y aún torpes de esta cartografía (que precisa ser sometida al ojo crítico de tantos y tantos militantesinvestigadores) se dibujan sobre un papel de estraza muy concreto: el de una composición social rica, híbrida y virtuosa que, atravesada por una fuerte exigencia de transformación, busca reapropiarse de su capacidad de crear mundos. Con este objeto, inventa y afila herramientas con las que interrogarse e interrogar a otros, interrogar la realidad en la que está inscrita, aferrar su superficie y acaso sacudirla. La palabra, las imágenes y la práctica de la relación están entre sus principales materias primas.



[1] Véase Nociones Comunes, parte 1: La encuesta y la coinvestigacion obreras, autoconciencia: http://transform.eipcp.net/transversal/0406/malo/es.

[2] Jacky Beillerot, «Entrevista a Félix Guattari», en Félix Guattari et al, La intervención institucional, Mexico: Folios, 1981 p. 113 y 111.

[3] En concreto, el GTPSI, Grupo de Trabajo de Psicología y de Sociología Institucionales, reunido en torno a François Tosquelles entre 1960 y 1965.

[4] Jacky Beillerot, «Entrevista a Félix Guattari», cit., p. 103.

[5] Sobre estos agenciamientos, véase Félix Guattari, Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Traficantes de sueños, Madrid, 2004.

[6] Movimiento pedagógico de escuelas cooperativas y experimentales. Fundado por el maestro comunista francés Célestin Freinet a finales de la década de 1920, alcanzará dimensiones internacionales.

[7] Centros de Ayuda Psicológica Universitaria.

[8] Jacky Beillerot, «Entrevista a Félix Guattari», cit., p. 96.

[9] Ibidem, p. 106.

[10] Ibidem, p. 105. La articulación de las revoluciones moleculares con una auténtica revolución social de masas se convertirá, tras mayo de 1968, en la cuestión que más preocupe a Félix Guattari.

[11] Sobre el análisis institucional, su historia y algunas de sus experiencias, un libro de referencia en castellano es la recopilación de Juan C. Ortigosa (ed.), El análisis institucional. Por un cambio de las instituciones, Campo Abierto Ediciones, Madrid, 1977. Véanse en especial, en este volumen, los artículos de Félix Guattari y del Colectivo formación del CERFI.

[12] Véase Tomás R. Villasante, «Socio-praxis para la liberación». Véase también Fals Borda, Villasante, Palazón et al., Investigación-Acción-Participativa, Documentación Social, 92, Madrid, 1993.

[13] Puede encontrarse un excelente y sintético repaso de los elementos básicos de la IAP en Elena Sánchez Vigil, «Investigación-acción-participante», en TrabajoZero, Dossier metodológico sobre coinvestigación militante, Madrid, septiembre 2002, pp. 3-8. Para un análisis más exhaustivo delcontexto en el que surge la IAP y de sus bases epistemológicas y metodológicas, que incluye algún ejemplo interesante, véase Luis R. Gabarrón y Libertad H. Landa, Investigación participativa, Cuadernos Metodológicos, nº 10, CIS, Madrid, 1994.

[14] Esta cartografía es la misma expuesta en Sánchez, Pérez, Malo y Fernández-Savater, «Ingredientes de una onda global», cit. Ha sido elaborado desde Madrid y eso determina enormemente su mirada. De ahí su carácter puramente tentativo, parcial y provisional. – Nota de 2007: ha habido quien ha leído esta cartografía como una especie de taxonomía de la investigación militante, que establecería una serie de modelos de la misma entre los que habría que decantarse. En ningún momento pretendió ser tal cosa, sino sólo una especie de diagrama orientativo de acercamiento a las prácticas, muy dispares entre sí, que habían participado en el libro Nociones Comunes, del que este texto es el prólogo. Su interés sigue siendo exclusivamente ese.

[15] Algunos ejemplos de este tipo de práctica los tenemos en los mapas del Bureau d’Etudes y la Université Tangente (http://utangente.free.fr) sobre las redes multinacionales, los del Grupo de Arte Callejero bonaerense (http://gacgrupo.ar.tripod.com) sobre las resistencias, aquél realizado sobre/contra el Fórum 2004 en Barcelona (www.sindominio.net/mapas) o la cartografía del estrecho (http://areaciega.net/index.php/plain/cartografias/fadaiat/cartografia_del_estrecho) en la que se está trabajando en estos momentos entre indymedia estrecho (http://estrecho.indymedia.org/index.php) y la red dos orillas (http://www.redasociativa.org/dosorillas).

[16] Organización de seropositivos, creada en Estados Unidos tras el estallido de la «crisis del SIDA» y con fuerte presencia también en Francia, donde se combina el saber médico con el saber de los propios seropositivos organizados y sus redes de amigos y familiares: para más información, véase http://www.actupny.org y http://www.actupparis.org. En el Estado español, podemos encontrar ejemplos en el mismo sentido en la experiencia del Laboratorio Urbano (donde saber arquitectónico-urbanístico, saber vecinal y saber okupa se alían para construir un urbanismo desde abajo, en contacto con la experiencia directa del habitar la ciudad: http://www.laboratoriourbano.tk) o el Grupo Fractalidades en Investigación Crítica (donde se combinan saber psico-sociológico, saberes migrantes y saberes activistas en trayectorias de investigación social: : http://psicologiasocial.uab.es/es/node/193).

[17] Algunos ejemplos en el Estado español: Ecologistas en Acción (http://www.ecologistasenaccion.org) o el colectivo Al Jaima, que actúa en el área geopolítica del estrecho.

[19] Una experiencia de gran interés en este sentido es la del Colectivo Situaciones, con sus talleres en colaboración con diferentes realidades de contrapoder argentinas (http://www.situaciones.org). Cabe señalar también otras experiencias, a modo de ejemplo: los talleres de la University of the poor -http://www.universityofthepoor.org- en Estados Unidos o algunas de las iniciativas de encuesta y entrevista de la revista DeriveApprodi (véase el texto de Guido Borio, Francesca Pozzi y Gigi Roggero, compañeros de DeriveApprodi, http://www.deriveapprodi.org).

[20] Esto ha sucedido, de manera no sistemática y algo a matacaballo, en los propios Centros Sociales, tanto italianos como del Estado español.

[21] En este marco, se sitúan las múltiples experiencias de inchiesta y conricerca que se dan en Italia, cuya pista puede seguirse en revistas como DeriveApprodi y Posse, así como las iniciativas del colectivo alemán Kolinko (con su trabajo de encuesta en el telemárketing: http://www.nadir.org/nadir/initiativ/kolinko/engl/e_index.htm en el Estado español, las trayectorias incipientes de Precarias a la deriva (con su proceso de investigación-acción desde y contra la precarización de la vida: véase «De preguntas, ilusiones, enjambres y desiertos. Apuntes sobre investigación y militancia desde Precarias a la deriva» en http://www.sindominio.net/karakola/precarias.htm), del Colectivo Estrella (con sus entrevistas sobre la precariedad y sobre las movilizaciones contra la guerra: http://www.nodo50.org/tortuga/article.php3?id_article=2939) y de Entránsito (con su trabajo de encuesta y agitación con migrantes y precarios: http://estrecho.indymedia.org/newswire/display/7778/index.php).