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07 2007
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¿Quién tiene miedo de disparar a puerta?

Sobre el intento de realizar otra sociedad

Traducción de Marcelo Expósito

Frank John, Efthimia Panagiotidis, Vassilis Tsianos (PRECLAB Hamburg)

Frank John

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Efthimia Panagiotidis

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Vassilis Tsianos

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Marcelo Expósito (translation)

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Hablar sobre la Gesellschaft für Legalisierung (GfL) [Sociedad para la Legalización], reflexionar sobre ella y sobre los afectos, contagios visionarios y subjetivaciones que ha activado, requiere una óptica que nos permita observar, en el contexto de la episódica ofensiva en pro de la legalización que ha tenido lugar en Alemania, los problemas de grado que conlleva la formación de una muchedumbre migrante y antirracista. Esta óptica tendría que señalar la impertinente sonrisa de esta muchedumbre, pero también su cara preocupada.

 
¿Dos minutos de éxito?

Berlín, 24 de octubre de 2003. Bajo el lema “Estamos entre vosotr@s”, la GfL comienza una gira de acciones en apoyo de la exigencia de derechos sociales y políticos para las personas migrantes, con o sin papeles. Uno de los jalones de la gira fue el momento en que la GfL se introdujo en el congreso nacional de Ver.di, el sindicato alemán más importante entre los trabajadores y trabajadoras de servicios y en el empleo público. Se llamó la atención de los miembros del sindicato dando la voz a personas migrantes mediante un dispositivo de altavoces que se introdujeron ocultos en grandes mochilas baratas de las que esas personas usan típicamente. Es así como se hicieron visibles en Alemania las historias sobre robo salarial, abuso sexual y otras violaciones de la justicia que las personas sin papeles sufren. Dos mujeres, una de ellas migrante latinoamericana, negociaron el derecho a hablar en público brevemente: en su intervención hicieron un llamamiento para que los trabajadores y trabajadoras sindicalizadas “tomaran finalmente nota de que quienes no tienen papeles ya viven y trabajan aquí”, de manera que Ver.di debería garantizar también su derecho a tener representación y protección sindical.

 
“Legalización” y promesa de institucionalización

La reivindicación de “legalización” tiene una larga historia en Alemania. Ya a comienzos de los años setenta las personas migrantes que trabajaban ilegalmente tomaron las calles de Francfort en una gran manifestación bajo el lema “¡No somos esclav@s!”. A mediados de los noventa, en el marco de la red Kein Mensch Ist Illegal (Ninguna persona es ilegal), el proyecto de publicación periódica off limits enarboló también esta demanda. En los círculos izquierdistas radicales esta petición se veía como una afrenta contraria a la reivindicación de apertura de las fronteras y autoorganización en la ilegalidad. En efecto, la crítica ejercida por quienes se oponían a la legalización profundizó aún más las líneas divisorias dentro de la propia división del trabajo antiracista.

Resulta una torpeza que la izquierda no haya sabido percibir con anterioridad qué significa que la legalización sea un proceso que se produce de hecho mediante la aplicación de políticas selectivas por parte del Estado. Es decisivo que pensemos conjuntamente cómo hacer confluir una cierta disposición a reivindicar la legalización con las prácticas migratorias realmente existentes, combinación que no puede llevarse a cabo con éxito si la izquierda antiracista concentra sus energías en defender sólo el derecho básico de asilo. Muchas personas migrantes internadas en campos de detención y de refugiados en las fronteras europeas huyen hacia las redes informales de trabajo clandestino en lugar de quedarse a la espera de una decisión sobre su petición de asilo. Mientras esperan en la costa norte de África para subir a un ataúd flotante queman sus papeles, entrando así en una vida que se sale de facto fuera de cualquier posible política de visibilidad. La visibilidad, de esta forma, es un principio que tan sólo forma parte del repertorio de tecnologías policiales destinadas al control de los flujos migratorios. En este punto, la GfL tuvo la osadía de romper un tabú de las políticas antira [el término con que se autodenomina el movimiento antiracista alemán], intentando al mismo tiempo articular la emergencia de nuevos actores migrantes por medio de un nuevo tipo de políticas. Lo que no resultó nada fácil. Nunca antes se había planteado, en el ámbito de la izquierda radical antira alemana, romper el tabú sobre las políticas de visibilidad migrante y el ejercicio práctico de sus derechos hasta el momento en que Kanak Attak y la Flüchtlings Initiative Brandenburg [Iniciativa de Brandenburgo en pro de l@s refugiad@s] confluyeron para delinear los contornos de la GfL. Este nuevo proyecto planteó la necesidad de tomar en cuenta las potenciales líneas de fuga que se pueden dar también en nuevas prácticas de institucionalización. Es así que la GfL se diseñó bajo la figura legal de la “sociedad” [Gesellschaft]; la cooperación entre la GfL y la escena pop-izquierdista de Hamburgo se inscriben en esta dinámica. En la matriz de tedioso consenso de la izquierda radical alemana, la GfL pone en cuestión las estrecheces y fracasos de las tradicionales políticas antiracistas.

 
Antes de la GfL

La reivindicación del derecho al asilo ha perdido, desde comienzos de los años noventa, la importancia central que tenía en los procesos migratorios, ya que han venido teniendo lugar nuevas formas de ilegalización. Para la GfL es el factor subjetivo de la migración —la organización de la supervivencia y de la vida cotidiana por parte de las propias personas migrantes— lo que se ha de situar como punto de partida para unas nuevas políticas antiracistas que deberían dejar de rechazar unilateralmente la posible promulgación de leyes. El punto de vista a aplicar en las nuevas políticas antiracistas tiene que ser múltiple, basado en la multiplicidad de contextos que conforman la diversidad de experiencias y lugares donde se ha de intervenir.

La Caravana para los Derechos de las Personas Refugiadas y Migrantes nació en Bremen en 1998 como resultado de la crisis de las experiencias de autoorganización migrante, haciendo confluir muchas iniciativas con fuerza de movilización que se proponían llegar a convertirse en un nuevo movimiento. Frente al modelo “mononacional” que representa el consejo para los refugiados Pro Asyl, la Caravana intentaba promover un contramodelo a escala nacional que se basaría en formas de organización locales con comités “plurinacionales” en los campos de refugiados. Pero no se logró constituir una red suficientemente amplia, y el lema de la primera Caravana (“No tenemos voto, pero sí una sola voz”) —lanzado durante las elecciones de 1998 que el gobierno de Helmut Kohl perdió en favor de la coalición rojiverde— fracasó en su intento de incorporar más comunidades migrantes al nuevo proceso. La Caravana sigue siendo, no obstante, el ejemplo de un posible nuevo modelo de organización “plurinacional” de las personas refugiadas en Alemania cuyas bases políticas sean la huída y la organización de la resistencia en el interior de los propios campos de refugiados. Su fracaso significó también el de un posible intercambio de cooperación entre comunidades migrantes que vaya más allá de las meras manifestaciones de solidaridad[1].

Con un enfoque diferente al de la Bleiberechtkampagne (Campaña por el derecho a permanecer), la Caravana comenzó la Residenzpflichtkampagne (Campaña sobre el deber de residir[2]), lanzada por The Voice Refugee Forum y Brandenburg Refugee Initiative. Tenía como base el intento de generar escándalo en torno a las restricciones a la libertad de movimiento que tienen lugar en suelo alemán y que son únicas incluso en el actual régimen europeo de regulación migratoria, y la impulsaba la idea de politizar y organizar las formas de resistencia cotidianas que las personas que han solicitado asilo ya ponen en práctica frente a este chantaje inaceptable. La campaña tuvo su momento álgido en 2002 con una acción que durante tres días transformó la Schlossplatz (en Berlín-Mitte) en una residencia para personas refugiadas y grupos de apoyo. Los días de la acción finalizaron con una marcha convocada a escala nacional que recorrió el centro de la ciudad con más de 3000 personas. La campaña logró un objetivo esencial: que las personas refugiadas, quienes tienen que vivir aisladas en instalaciones remotas, se apropien poco a poco de la ciudad pudiendo en la práctica escapar del Residenzpflicht, del “deber de residir”. La mayor parte de esas personas que asistieron a la acción y la manifestación en Berlín lo hicieron sin solicitar los permisos de viaje (Urlaubsschein) que son legalmente obligatorios. Esta ofensa administrativa hubo de ser tolerada por parte de las autoridades durante todos los días en que se extendió esta acción al estilo reclaim the streets.

Desde el punto de vista de la organización y autorepresentación de las personas migrantes, la acción fue un éxito de los grupos activistas, en tanto en cuanto logró establecer un discurso político más atrayente y con mayor potencial de movilización entre las comunidades de personas refugiadas. Se tematizaron las experiencias de detenciones y pérdidas de derechos poniéndolas en relación con una crítica de la división internacional del trabajo. Hay que reconocer no obstante que este discurso sigue formando parte de la “división del trabajo antiracista” en el seno de una izquierda radical alemana en la que todavía prevalecen la fobia antiestatal y el discurso genérico sobre el “derecho a permanecer para todo el mundo”. También hay que reconocer que el debate en torno al racismo sigue siendo de tipo defensivo.

La red Kein Mensch Ist Illegal, fundada en 1997 en la exposición Documenta X, estuvo lidiando desde su inicio con la cuestión de las políticas de legalización. En términos estratégicos, la red buscaba iniciar un giro que llevase de la de defensa del derecho de asilo a la politización de la ilegalidad. Sin embargo, como ya hemos indicado, el debate sobre la ilegalización que se inició en el marco de Kein Mensch Ist Illegal llevó a una postura demasiado indecisa, que seguramente fue debida a la heterogeneidad de la red y su funcionamiento de facto como paraguas organizativo de activistas —antiracistas y en apoyo a las personas refugiadas— de perfil autonomista. Ello ha conducido, finalmente, a que no se haya tematizado la exigencia de legalización.

Este límite del movimiento explica la posición adoptada por Kanak Attak en relación al “derecho a la legalización”. Los objetivos políticos de la red se basan en la siguiente premisa: hay que enfrentarse al racismo mediante luchas autotransformadoras, entre las cuales se han de plantear las primeras formas de políticas posnacionales de ciudadanía flexible.

 
La multitud que todavía no es una...

La GfL soportaba el peso de una herencia: había pasado ya el momento álgido, durante los años noventa, de nuestras posibilidades de intervenir políticamente en el asunto de la legalización. La GfL puso en marcha su intento de iniciar la legalización como proyecto social de la izquierda en el ámbito político alemán cuando ya era demasiado tarde. Paradójicamente, tuvo más repercusión en la sociedad en general que en el campo de la izquierda. En este sentido, cumplió su objetivo de ser socialmente eficaz. Habiendo llegado al corazón de la sociedad, sin embargo, se vio rechazada por los grupos marginalizados o que buscan mantenerse al margen de tales políticas. Esta posición precaria que sufrieron las dinámicas de subjetivación política de los activistas y las activistas de la GfL, que buscaban influir en la sociedad civil, llegó a convertirse en un problema de aceptación en el seno de la izquierda.

Hablando de forma figurada, la GfL fue un experimento futbolístico que consistía en intentar un centro largo del balón desde el lateral izquierdo. Se buscaba penetrar con rapidez en el área de penalti y disparar a gol mediante una jugada combinada en la que el lateral y un centrocampista se adelantaran en paralelo. Pero las fuerzas izquierdistas de la GfL no estaban preparadas para realizar ellas mismas el disparo a puerta. Se dio la circunstancia de que se quedaron esperando a que fuera otro quien se adelantase por el centro. En un principio, como se quería trabajar con la sociedad, se movilizó una tremenda cantidad de energía de cara a preparar la llegada al área de un centrocampista que, lamentablemente, nunca apareció. El cálculo político de fuerzas de la GfL consistía en inmunizar discursivamente el mínimo común denominador que compartía con las doctrinas sobre la lucha de clases de la izquierda radical, para poder desde ahí intervenir lanzando un discurso dirigido a la sociedad civil; y en esa tesitura, no logró que surgiesen actores en la sociedad civil que llevasen a cabo lo que postulaba su discurso político sobre la legalización.

El asunto de la legalización fue tematizado en la Comisión sobre la Inmigración que dirige la política Rita Süssmuth del CDU [Unión Demócrata Cristiana alemana] y en la carta que los obispos católicos dirigieron al Canciller alemán en 2004. Pero la GfL no logró provocar una discusión productiva en torno a esta cuestión, en primer lugar debido a la génesis histórica compleja del tema en el ámbito de la sociedad civil, y, en lo que respecta a su dinámica interna, debido a la necesidad de mantener un consenso en torno a ciertos principios de la izquierda radical que subsisten en un entorno alérgico a discutir sobre la relación con el poder. La GfL buscaba conformar una ofensiva en pro de la legalización con el fin de abrir un nuevo antiracismo social y político[3], sosteniéndola por medio de un modelo reticular en el cual la singularidad de cada actor asociado pudiera darse dentro de un espacio común. Pero esto no fue suficiente para lograr introducir en la movilización un nuevo dispositivo espacio-temporal que se atreviese a “superar el espacio de politización y subjetivación a través del propio espacio de organización”[4].

El potencial impacto de las conflictivas relaciones de raza, género y clase en la propia escena de la movilización era tan explosivo que acabó bloqueando la formación de un movimiento. Los actores de la escena política antiracista, predominantemente blancos, trajeron consigo su amplia experiencia en la realización de campañas. Kanak Attak se asignó el poder de actuar en el terreno del discurso político, a pesar de las tensiones internas en torno a la dirección política en la que la GfL estaba empujado al movimiento. Dejando a un lado los desacuerdos sobre los contenidos y las formas, la organización se encontró con su momento “vanity fair”: ¿quién sale en primer plano?, un problema provocado por la diversidad de formas sociales y de origen de los diferentes actores. La red Respect y las Mujeres sin Rostro, quienes llevaban tiempo invirtiendo considerables esfuerzos y recursos en la organización de la ilegalidad dentro de la vida cotidiana, criticaron con dureza este conflicto en torno al discurso y la traducción. La comunidad de refugiados negros problematizó acertadamente la relación entre lo urbano y lo rural. Finalmente, las reuniones tenían lugar no en los remotos campos de refugiados, sino principalmente en Berlín o Hamburgo. La GfL alcanzó su límite, más allá del cual no logró diseñar una plataforma comunicativa funcional ni una adecuada división del trabajo que favoreciesen una forma de organización adecuada y continua.

A nivel local era necesario que los actores asociados a la GfL salieran de los grupos marginales en los que estaban encerrados. Quienes participaron en la GfL acabaron cambiándose a sí mismos y así mismas más de lo que seguramente querían. Este intento de organización mostró hasta qué punto es crucial el respeto al interior de nuestro espacio político. Es muy importante subrayar este aspecto a la luz de las tensiones políticas a las que dio lugar la experiencia de la GfL. Fue la autocomplacencia activista lo que produjo serias dificultades en la fase de implementación inicial del proyecto. Cabe recordar que, cada vez que introducíamos en ciertos ambientes el debate sobre la legalización, se nos respondía que por qué no legalizar la marihuana. A fecha de hoy, a pesar de todo, la palabra “legalización” se sigue asociando a la situación de las personas sin papeles.

 
Deshacerse de los grilletes nacionales de la representación

La demanda de legalización de las personas sin papeles tiene una historia diferente en distintos lugares de Europa. Aquí, fue el resultado de una movilización exitosa; allí, se trata sólo de una acción administrativa para tener bajo control la mano de obra indocumentada. La manera radical y desigual en que la ofensiva en pro de la legalización depende de las diversas formas políticas que adopta a lo largo y ancho del territorio europeo señala de por sí las dificultades a nivel local y nacional —y por tanto transnacional— con las que se enfrenta la necesidad de construir el proyecto europeo de una práctica de izquierdas sobre el fenómeno migratorio.

El intento de iniciar en Alemania un discurso político que hiciera referencia explícita a las experiencias de legalización que han vivido otros movimientos en Europa tenía un carácter no sólo estratégico. Se basaba además en el proceso de transnacionalización de las redes activistas en torno a la migración relacionadas en un primer momento con el proyecto No Border y más recientemente con la constitución de la red Frassanito. Esta última adoptó explícitamente la perspectiva de la migración como “un movimiento que pone en cuestión el actual estado de cosas (el Estado, las fronteras, las culturas, las lenguas y los modos de subjetivación). No se debe confundir esto con una romantización de las prácticas concretas de las personas migrantes. Con mucha frecuencia, estas prácticas son corruptas y banales. Pero en la estela de este tipo de corrupción, la gente lleva a cabo momentos de autonomía... [Nuestro punto de vista sobre] la migración es que el movimiento de las personas migrantes descompone el marco nacional. La migración, así, no se deja subsumir en la representación política ordinaria ni atrapar por concepciones tradicionales de la lucha social. Se prefigura, en este punto, una nueva era política: el fin del Estado social nacional”[5]. Paradójicamente, es en el estado general de precariedad en el que se encuentran 12 millones de migrantes ilegales en Europa donde florece el potencial de una ciudadanía europea posnacional y flexible.

Esta apertura transnacional, por una parte, viene de la mano de las políticas movimentistas que intentan inventar una nueva forma política de lo común. Por otra parte, encuentra acomodo en la práctica cotidiana de cuestionamiento masivo de la soberanía nacional por parte de miles de migrantes transnacionales. Por último, además, esta nueva cara subjetiva de la migración en Europa emerge del corazón de las transformaciones contemporáneas de la soberanía postestatal: de la relación íntima que existe entre soberanía y control de la movilidad. Esto es así porque la historia de los intentos de bloquear la movilidad por parte de la soberanía estatal es también la historia de su permanente fracaso. Aún así, ¿cómo logra ser tan eficaz la matriz soberanista a la hora de restringir la movilidad en el momento en que ésta amenaza con salirse de control, haciendo que finalmente sirva para reafirmar la propia soberanía?

El principio central de la política moderna es la soberanía: la correspondencia y congruencia entre territorio y población que busca establecerse en dos movimientos consecutivos. En primer lugar, clasifica y separa a la mayoría de la población en clases y estratos sociales mediante un proceso que pone en primer plano la importancia de la representación. En segundo lugar, promete a cada grupo, representado de esa manera, un reparto de derechos potencialmente igualitario. Es éste axioma derechos/representación lo que mantiene compacta la soberanía nacional[6]. El axioma no sólo organiza el cuerpo del territorio nacional, sino también la relación con otros Estados nación y sus poblaciones. Mientras define la matriz de derechos positivos y representación al interior del territorio nacional, asigna también la inexistencia de derechos y representación más allá de las fronteras nacionales[7]. En 1996, Aristide Zolberg había apuntado ya que la migración se ha de entender no sólo en el contexto de las leyes y reglas migratorias; la propia regulación del movimiento contribuye al carácter estatal de los Estados[8]. Este carácter estatal —el resultado de la regulación de las relaciones entre la gente, la población y el territorio— está ahora en crisis. El neoliberalismo y el giro biopolítico han llevado a la soberanía estatal moderna al borde del colapso[9]. En el axioma derechos/representación, los derechos eran más importantes que la representación, o sea, que el modo en que el Estado se refiere a las clases sociales. En este aspecto el neoliberalismo ha traído consigo un cambio fundamental: la destrucción del Estado social y la introducción de un nivel más alto de movilidad en la fuerza de trabajo posfordista comporta una mayor diversificación de la estructura social, lo cual contribuye a la constitución de una política de la diferencia.

 
De la soberanía transnacional a la posneoliberal

Las viejas formas nacionales de subyugación se han vuelto obsoletas. La soberanía transnacional o imperial[10] es una transformación renovadora que convierte el cuerpo en un actor flexible y productivo al interior de las redes de poder globales. Sin embargo, describir así la situación no tiene nada que ver con considerar que se da una circulación perpetua de las formas de recuperación. En lugar de limitarse a reforzar una nueva forma de externalidad mutua entre el cuerpo y la política, esta descripción refleja un reconocimiento de la inmanencia de cuerpo, deseo y política. La soberanía política, que ahora opera de un modo descentralizado y contagioso, generaliza esta relación íntima en tanto en cuanto intenta operar sobre la base de la inmanencia de poder y cuerpo.

La soberanía transnacional no consiste en regular la triada que conforman la gente, la nación y el territorio. Más bien abandona la idea de que se tiene que establecer un orden dominante y persistente para estas tres grandes nociones. Hay que admitir que esta transformación no se impone sin fracturas. Mientras que el acuerdo de la soberanía moderna se basa en el concepto de derechos sociales, su crisis moviliza los poderes del cuerpo precariamente móvil que se vuelve ahora global. Su productividad se organiza cooperativamente, y las subjetividades se vuelven indispensables.

La soberanía imperial no puede integrar todos los espacios (fronterizos), ni las posibilidades que el cuerpo tiene, en nuevo sistema transnacional de derechos sociales. Los espacios sociales del transnacionalismo se vuelven irrepresentables. Ni la representación ni los derechos son suficientes para aprehender la vida de la mayoría de la gente. Sólo aquellos pocos capaces de modelarse a sí mismos de acuerdo con las normas de representación correctas pueden también jugar el juego del axioma derechos/representación. El resto, la vasta mayoría, ocupa un no-espacio más allá de los derechos y la representación regulados: campos de concentración o internamiento, banlieues, complejo prisión-industrial, favelas o gecekondus, townships, centros de deportación, migrantes ilegales, trabajadores y trabajadoras indocumentadas, fuerza de trabajo precaria. En este esquema, las fronteras no demarcan la soberanía sino que se erigen por doquier para generar las condiciones de un espacio social que requiere ser gobernado.

 
Políticas de legalización: renovación en proceso

“Devenir-posnacional” es el ímpetu de la migración en Europa hoy. Las personas migrantes no confluyen para representar o comunicar sus identidades individuales ni para trasladar a otros lo que son o lo que ofrecen. Se juntan por medio de un “devenir”: mediante la transformación gradual y cautelosa, a veces dolorosa, de su propia constitución corporal. Llevan a cabo su deseo mediante un estratégico “devenir-imperceptible”[11] en el que sus cuerpos, voces, acentos, cabello, color, tamaño, linaje, edad y biografías cambian.

Como transformación de la multiplicidad, el “devenir-posnacional” radicaliza el deseo de desrepresentación y de formas de vida que no necesitan ser autorizadas por nombres como ancestros, ciudadanía, raza; crea de ese modo nuevas individualizaciones anfibias, nuevos afectos, nuevas diferenciaciones. Intenta articular una práctica política en la que los actores sociales escapan a las representaciones que buscan normalizarlos, se reconstituyen en el acto de su propia fuga y cambian de ese modo sus condiciones materiales de existencia[12].

Aún así, el “devenir-imperceptible” de la migración no significa que la migración en sí no sea perceptible. Al contrario, cuanto más fuerte es la manera en que los flujos migratorios materializan su “devenir”, tanto más se convierten en objeto prioritario de registro, regulación y restricción por parte del poder soberano. El “devenir-imperceptible” es la herramienta más precisa y eficaz que las personas migrantes utilizan para oponerse a la presión de la individualización, la cuantificación y la representación. Es la chispa de las banlieues que prende fuego a la predictibilidad inscrita en los planeamientos de los integracionistas de todo tipo. Es el fin de las políticas de representación, una caída que al mismo tiempo señala el final de las estrategias de visibilidad. En lugar de ser perceptible, visible, identificable, la migración sitúa en la agenda una nueva forma de lo político y una nueva formación de la subjetividad política; su finalidad no es convertirse en un sujeto político por medios diferentes sino rechazar el sujeto como tal. Este proyecto plantea un cambio futuro. Lo que nos jugamos mediante su realización es la posibilidad de una sociedad otra.



[1] Véase Manuela Bojadzijev, Serhat Karakayali y Vassilis Tsianos, “Papers and Roses: Die Autonomie der Migration und der Kampf um Rechte”, en Buko (ed.), Radikal Global, Berlín, 2003.

[2] El término Residenzpflicht se refiere a la obligación legal de permanecer en lugares concretos a la que están sometidas las personas que han solicitado y tienen en trámite su asilo en Alemania. Se requieren permisos especiales incluso para viajar a ciudades vecinas [NdT].

[3] Ljubomir Bratic, “Rassismus und migrantischer Antirassismus in Österreich”, en Landschaften der Tat: Vermessung, Transformationen und Ambivalenzen des Antirassismus in Europa, Linz, 2002.

[4] Sandro Mezzadra y Gigi Roggero, “Singularisierung des Gemeinsamen: Überlegungen zur Krise der ‘Bewegungen der Bewegungen”, en Fantomas, nº 10, 2006.

[5] Red Frassanito (texto redactado por S. Karakayali, S. Mezzadra, V. Tsianos, M. Bojadzijev y T. Atzert), “By Any Means Necessary”, en NGBK (ed.), Mov!ng on: Handlungen und Grenzen-Strategien zum antirassistischen Handeln, Berlín, 2005

[6] Véase Dimitris Papadopoulos and Vassilis Tsianos, “How To Do Sovereignty without People?: The Subjectless Condition of Postliberal Power”, en Boundary, nº 2, 2007.

[7] Véase Nicos Poulantzas, Staatstheorie, Hamburgo, 2002; Herman van Gunsteren, A Theory of Citizenship: Organizing Plurality in Contemporary Democracies, Boulder, 1998.

[8] Véase Aristide R. Zolberg y Robert Smith, Migration Systems in Comparative Perspective: An Analysis of the Interamerican Migration System, with Comparative Reference to the Mediterranean-European System, Nueva York, 1996.

[9] Véase Marianne Piper, Thomas Atzert, Serhat Karakayali y Vassilis Tsianos, “Empire und die biopolitische Wende”, en Empire und die biopolitische Wende, Francfort y Nueva York, 2007.

[10] Véase Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Barcelona, 2001.

[11] Véase Gilles Deleuze y Félix Guattari, “Devenir-intenso, devenir-animal, devenir-imperceptible”, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia, 2000.

[12] Véase Dimitris Papadopoulos and Vassilis Tsianos, “How To Do Sovereignty without People?: The Subjectless Condition of Postliberal Power”, op. cit.