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Transcripción de un vídeo de O. Ressler,
En cualquier economía de cualquier época,
la gente desempeña sus actividades económicas,
su trabajo. Ese trabajo genera un resultado, al que
denominaremos pastel o producto social. Por consiguiente,
la pregunta en este caso sería conocer el porcentaje
que obtendríamos cada uno de nosotros de ese
producto. A esto es a lo que denominamos remuneración.
¿Qué principios deberían establecerse
en la economía para determinar el porcentaje
que obtendríamos a cambio del trabajo que realizáramos?
En algunas economías, uno de los principios a
seguir sería la obtención de una remuneración
en función de la propiedad y de los productos
que se obtengan de la misma, lo que denominamos beneficio.
Yo soy particularmente contrario a esa idea. No creo,
por tanto, que Bill Gates, por el hecho de tener en
su poder la escritura de Microsoft, fuera más
valioso que toda la población de Guatemala, o
que su valor fuera equivalente al de la población
de Noruega. En lo que a mí respecta, esto no
tendría ningún sentido. Dado que este
tipo de sistema no nos beneficiaría en absoluto
en un sentido económico y nos llevaría
a todo tipo de injusticias y horrores, lo rechazo por
completo. Otra noción que comparte la Harvard
Business School, consiste en obtener una remuneración
por aquello que podemos conseguir. Éste es un
enfoque relativamente impreciso en lo que respecta a
la distribución económica, ya que siempre
intentamos negociar y utilizar nuestra influencia para
conseguir más. Por tanto, otro principio sería
el de obtener una remuneración en función
de la influencia que ejerciéramos. Obviamente,
no estoy de acuerdo ni con el sistema utilizado por
Al Capone ni con el que emplea la Harvard Business School,
ya que no creo que ninguno de ellos sea el más
acertado, tanto económica como moralmente. Si atendiéramos a cómo sería la
toma de decisión para un filósofo durante
una entrevista, esta entrevista podría prolongarse
durante cuatro semanas, convirtiéndola en algo
totalmente incomprensible. En realidad, no creo que
sea una cuestión tan complicada. Supongamos,
desde un punto de vista económico, que trabajo
en una oficina y que deseo colocar una fotografía
de la persona con la que vivo en mi escritorio. ¿Quién
debería tomar esta decisión? Si le preguntáramos
a alguien su opinión al respecto, es muy probable
que mostrara su indiferencia ante este problema, ya
que no lo consideraría como tal. Manifestaría
su consentimiento sin lugar a dudas. A lo que le contestaría:
"¿se refiere con ello a que debería
tomar yo mismo esa decisión, del mismo modo que
lo haría un dictador, y que nadie más
podría alegar nada al respecto?" Probablemente,
pensaría la respuesta durante un instante y contestaría
afirmativamente. "¿Cómo Stalin?",
a lo que respondería: "sí, tomaría
esa decisión". A continuación, proseguiría
mi discurso diciendo: supongamos que decido colocar
una boom box (término acuñado en los Estados
Unidos para hacer alusión a una especie de reproductor
musical portátil) en mi escritorio para reproducir
música heavy metal a todo volumen. En este caso,
su respuesta sería: "no, en ese caso no
podría tomar esa decisión como lo haría
un dictador". A lo que le respondería: "¿quién
más tendría que participar en esta decisión?"
Y su respuesta sería: "la gente que escucha
la música. La gente que vive en el barrio".
A lo que alegaría: "¿qué ocurriría
entonces con la persona que se encuentra a dos manzanas
de donde estoy y que no puede escuchar la música?"
Y entonces me diría: "¿y qué
ocurriría con la persona que se encuentra justo
a su lado?". A lo que tendría que responderle
que lleva toda la razón.
Los antiguos mecanismos para la toma de decisión existentes en Yugoslavia se encontraban muy lejos de todo esto, debido a motivos de gran peso relacionados con las instituciones. Es muy probable, y asumamos el hecho de que es cierto, que cuando la economía yugoslava se estableció en el sistema de mercados, el pueblo estaba ávido de autogestión. El pueblo quería que los trabajadores controlaran sus propios espacios de trabajo. Al analizar la antigua constitución soviética, nos damos cuenta de lo mismo. La función de los trabajadores debía haber sido la de actuar como un último tribunal de apelación en el lugar de trabajo soviético. Éstos debían ejercer el poder sobre los mismos trabajadores en un lugar de trabajo. La situación, sin embargo, era bastante distinta. Los planificadores centrales eran los encargados de ejercer esa función. En Yugoslavia, el sistema de mercado existente para la distribución, generaba una dinámica basada en la división del trabajo en el lugar de trabajo yugoslavo. Creaba una situación donde los gerentes e ingenieros, así como otro tipo de actores, ejercían un marcado monopolio sobre la toma diaria de decisiones y sobre las tareas que capacitaban, otorgaban conocimiento, generaban confianza y desarrollaban las habilidades necesarias para la toma de decisión y la planificación del orden del día. Además de esto, existía un 80 por ciento de la población yugoslava dedicada a la realización de trabajos tediosos y rutinarios durante todo el día. Ese porcentaje de individuos disfrutaba de una especie de poder formal, pero nunca de un poder real. Siempre que el consejo de trabajadores de Yugoslavia tenía la oportunidad de reunirse para la toma de decisión, el 20 por ciento que tenía el conocimiento, la confianza y las habilidades necesarias, ejercía un dominio completo sobre la situación. Esta situación resultaba insostenible y, por consiguiente, la tarea de creación de autogestión debía realizarse estructuralmente y mediante las instituciones que la hacían viable. Estas instituciones estructurales clave son los complejos de trabajo equilibrados y el modo de distribución. En primer lugar, analicemos esta noción de complejo de trabajo equilibrado. En cualquier lugar de trabajo, son miles las cosas y tareas que hay por hacer. Por tanto, la forma habitual de dividir el trabajo consiste en analizar todas estas tareas para crear trabajos. Un trabajo es una combinación de tareas que todos hacemos. Un trabajo es el conjunto de responsabilidades y tareas que tenemos. El método utilizado en la combinación de todas estas tareas, consiste en crear una especie de jerarquía: distintos tipos de trabajo a lo largo de esta jerarquía. La parte superior de esta jerarquía se caracteriza por individuos que desempeñan tareas de gran responsabilidad. Las tareas que desempeñan estos individuos no requieren únicamente habilidades y conocimientos, sino también la transmisión de los mismos. Deben generar confianza y ejercer un control diario sobre cualquier fenómeno que ocurra en el lugar de trabajo. Conforme descendemos por esta jerarquía, las tareas son cada vez más rutinarias y tediosas. Los individuos quedan privados de sus habilidades y talentos, al tener que dedicar todos sus esfuerzos a trabajos más onerosos, difíciles y exigentes que no requieren ningún tipo de habilidad o talento. Por consiguiente, en ese contexto, este grupo inferior queda relegado al dominio del grupo superior. Este tipo de división de clases es lo que yo denomino "clase coordinadora" y clase trabajadora. Si consiguiéramos suprimir este tipo de sistemas e instaurar complejos de trabajo equilibrados, si pudiéramos dividir las tareas en el lugar de trabajo de modo que todo el mundo tuviera un trabajo, que sería distinto en función de las distintas inclinaciones de cada uno, pero igual de competente que el del resto de individuos, podríamos manifestar nuestras preocupaciones, nuestras opiniones sobre lo que debería o no hacerse, sobre cuál sería el orden del día, sobre qué decisión sería necesaria adoptar, cuando asistiéramos a los consejos de trabajadores o las reuniones de nuestros equipos de trabajo, ya que todos podríamos participar. Nadie podría alegar algo en contra del trabajo de otro, ni atribuir su trabajo a otro, porque todos tendríamos un trabajo equiparable. El trabajo sería distinto pero equiparable en relación a la competencia que ejerciera. El hecho de que ahora todo el mundo tenga que seguir el mismo patrón en su lugar de trabajo, me parece absolutamente ridículo. Del mismo modo, si somos cuatro amigos, todos tendremos nuestro propio punto de vista sobre la película que vayamos a ver. Las cosas se solucionan. Aunque siempre a través de individuos que gozan de cierta influencia sobre la revolución y de modo proporcional al grado en que se ven afectados. La reacción de algunos individuos al concepto de complejos de trabajo equilibrados es la siguiente: me parece una buena idea el hecho de que todos podamos desempeñar trabajos de responsabilidad que nos satisfagan y que nadie desempeñe trabajos onerosos y aburridos. Pero, ¿no supondría todo esto un problema grave? ¿No supondría (declara preguntándose acerca de la conveniencia de esta idea) una pérdida de tiempo para aquellos sujetos que fueran más productivos? Supongamos que este sujeto fuera... Mozart, y que le dijéramos que no solamente compusiera música como parte del complejo de trabajo, sino que también realizara otro tipo de tareas, de forma que el complejo de trabajo estuviera equilibrado. Cada segundo que Mozart no compusiera música, constituiría una gran pérdida, no sólo para algunas personas, sino para toda la humanidad. Por lo tanto, no tendría sentido pedirle a Mozart que hiciera otra cosa que no fuera componer. ¿No debería Mozart dedicarse exclusivamente a componer música? La respuesta a esta pregunta, incluso para Mozart, sería que si organizamos la sociedad de forma que los complejos de trabajo no estén equilibrados y se dividan, como de costumbre, en un 20 por ciento de trabajo monopolista y competente, lo que conseguiríamos sería un gran número de Mozarts, posiblemente uno cada cien años, o más bien un número "x" de excelentes compositores en un momento determinado. "X" representaría un número elevado, 1,000 ó 10,000, en función de cuál fuera el baremo aplicado en un país determinado. Sin embargo, si organizáramos la sociedad de modo distinto, si dispusiéramos de complejos de trabajo equilibrados, ¿cuántas personas podrían componer de forma notable? El 80 por ciento de la sociedad no podía hacer uso de sus habilidades y talentos debido a la opresión sufrida por la socialización, la educación y la formación. Con los complejos de trabajo equilibrados, todo esto desaparecería. No habría motivo alguno para eludir la formación, la socialización y todo aquello que estuviera orientado hacia una mejora del individuo, que permitiera ampliar su capacidad y mejorar su productividad. Ningún sistema debería mermar las capacidades del individuo, para que encajara en aquellos sectores en los que no se requiriera un tipo de habilidad especial. Esta idea estaría muy alejada de una economía participativa. Por consiguiente, la primera respuesta a esta pregunta sería la de tener un mayor número de Mozarts o de compositores menos aventajados. Nos sorprendería descubrir la existencia de una gran número de individuos con esos mismos talentos. Además, en una economía organizada como la nuestra, el talento más creativo debería estar enfocado a la venta de productos. Con ello no me refiero a la producción de obras de arte que pudiera disfrutar la gente, sino más bien a la producción de imágenes o palabras que convencieran a la gente para el desempeño de tareas que no harían de otro modo. Al igual que ocurre en el sector de la publicidad o de otros medios de manipulación. Este tipo de sectores sería el que abarcara un mayor número de talentos artísticos. Éste es, por tanto, el primer asunto a tratar. Pero abordemos la cuestión en su totalidad. Tomemos como ejemplo a un cirujano. Este cirujano pertenecería a un sector distinto de esta división del trabajo, el sector de la cirugía. El interlocutor hace un inciso para preguntar: "espere un momento. ¿Está diciendo que en una economía participativa, la persona que hubiera trabajado como cirujano en una sociedad capitalista, dedicaría ahora parte de su tiempo a limpiar o a otro tipo de actividad como parte del complejo de trabajo equilibrado?". - "Sí, exactamente". A lo que este interlocutor argumentaría: " eso es totalmente imposible, no tendría ningún sentido". Esta persona representa toda la formación y habilidades adquiridas para el desempeño de la cirugía. ¿Qué sentido tendría que invirtiera parte de su tiempo limpiando y sin poner en práctica sus conocimientos como cirujano?" Bien, existen algunas respuestas a este respecto. La primera sería que en el capitalismo los cirujanos no realizan su trabajo 40 horas a la semana. Pasan mucha parte de su tiempo jugando al golf y otra gran parte dirigiendo y estableciendo jerarquías de poder en la administración de su lugar de trabajo. No obstante, supongamos que emplean 40, 50 ó 60 horas a la semana desempeñando únicamente su trabajo como cirujanos. Concedámosles el derecho a la crítica, un mundo que no existe, y veamos qué ocurre: ¿supondría una pérdida para la sociedad si ese cirujano no trabajara 40 horas a la semana como cirujano, y en su lugar trabajara 20 horas a la semana como cirujano y las otras 20 restantes haciendo algo distinto y favoreciendo un complejo de trabajo equilibrado? Sí, ya que habríamos perdido 20 horas de cirugía de ese cirujano. ¿Qué hemos ganado a cambio? Hemos ganado un lugar de trabajo aceptable y la abolición de este tipo de distinción de clase. Por consiguiente, lo que hemos ganado a cambio es que el 80 por ciento de la población sea ahora un pozo del que pueda emerger una enorme cantidad de personal quirúrgico capacitado y con talento. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la Asociación Médica Americana es una institución de médicos, que incluye a los cirujanos. Esta asociación no nace como una alternativa de asistencia sanitaria adicional, sino para defender las ventajas y poder relativos de los médicos. Esta labor la consigue en parte impidiendo que otros individuos puedan desarrollar los talentos y habilidades necesarios para desempeñar la profesión médica. Por tanto, impide que las enfermeras hagan más de lo que esté estipulado, lo que las deja en una situación de poder de negociación limitado para que sean los médicos los que acumulen la riqueza. De este modo, lo que obtenemos al cambiar a un sistema de complejos de trabajo equilibrados no es únicamente equidad, diversidad y solidaridad, o la eliminación de estos efectos enfermizos de nuestra sociedad, sino además, en lo que respecta a la productividad, conseguimos los potenciales y capacidades productivas de aquel 80 por ciento que se intenta anular. Cualquier economía debe contemplar la distribución.
Ésta es la parte más complicada. El resto
solamente puede considerarse relativamente complicado
en el sentido de que es muy distinto a lo que estamos
acostumbrados. Pero no lo es en absoluto. La distribución
puede ser en cierta medida compleja. Cada empresa precisa
de material y de entradas con las que elaborar su producción.
¿Cómo se establece el porcentaje de entradas
y de salidas que debe producir esa empresa? ¿Cómo
se establece lo que yo voy a consumir? De todas estas
distintas posibilidades, ¿cuáles son las
que voy a consumir y en qué porcentaje? ¿Cómo
se establecen los valores relativos de los distintos
artículos que se encuentran disponibles? ¿Por
qué el precio de una silla es igual al de 14
camisas y no al de 12 camisas? ¿Qué nos
permite establecer este tipo de cosas? La respuesta
a todas estas preguntas es el sistema de distribución.
Los dos sistemas de distribución más característicos
que se emplean en economía son los mercados,
donde compiten tanto los compradores como los vendedores.
Fundamentalmente, lo que intentan es estar a la cabeza
para cuando el comprador se adelante al vendedor, éste
experimente pérdidas y viceversa. Es una dinámica
competitiva. La planificación central es una
dinámica con un grupo de individuos, un aparato
de planificadores centrales, que decide las entradas
y salidas relativas de todas la unidades. En el sistema
de mercado, es precisamente esta dinámica competitiva
entre compradores y vendedores la que triunfa progresivamente
tanto en las entradas como en las salidas. La economía
participativa contempla una clase distinta de sistema
de distribución. El sistema de distribución
se denomina "planificación participativa".
No resulta fácil describirlo de forma rápida,
pero la esencia de la idea no es nada complicada. Este
sistema está constituido tanto por trabajadores
(individuos, grupos, equipos e industrias) en los consejos
de trabajadores, como por consumidores (consumidores
individuales y grupos de consumidores), dado que la
mayor parte del consumo se realiza de forma colectiva.
Por ejemplo, un parque, las carreteras, el aire, tanto
si hay contaminación como si no, se consumen
colectivamente. Este tipo de productos son mercancías
de consumo colectivo que afectan a los grupos. Por consiguiente,
existen individuos y grupos en los consejos de consumidores.
Asimismo, debe existir algún tipo de comunicación
entre estos consumidores organizados en sus consejos
y los trabajadores. La comunicación de la planificación
central adopta esta forma: un planificador central envía
instrucciones a los trabajadores y éstos le informan
de si pueden o no llevarlas a cabo. El planificador
envía instrucciones y ellos, a cambio, comunican
su cumplimiento. Es un sistema autoritario. En un sistema
de mercado, la comunicación se basa esencialmente
en la propuesta que cada uno de los actores efectúa
con respecto a lo que desean hacer y a las estrategias
que deben emplear para conseguir todo cuanto puedan.
El propietario intenta obtener el máximo beneficio
posible, los empleados unos sueldos más altos,
los compradores intentan comprar todo lo que pueden
al precio más bajo posible y así sucesivamente.
En la "planificación participativa",
tanto los consumidores como los trabajadores proponen
aquello que desean hacer. Teniendo en cuenta el marco
institucional, cada uno de ellos se encuentra en posición
de juzgar, ver y comprender la propuesta del otro. ¿Qué ocurriría si existiera una economía participativa en un país y una economía capitalista en otro? La respuesta es muy relativa. Si existe una economía participativa en un país relativamente pequeño y una economía capitalista en los Estados Unidos, éste último lo abatiría. Los Estados Unidos optarían por abatirlo, impidiendo a toda costa que mostrara al mundo la posibilidad de una organización económica que fuera humana y provechosa, que satisficiera las necesidades y el potencial desarrollado, así como los valores a los que quisieran aspirar los individuos. Los Estados Unidos estarían completamente en contra. Si se iniciara un movimiento que se acercara al modelo de economía participativa en Brasil, Argentina o en cualquiera de los cientos de países que existen en el mundo, se produciría una tremenda presión internacional que opondría resistencia a ese proceso, especialmente por parte de los Estados Unidos, Europa y otros países. Incluso si dicho movimiento tuviera lugar en Francia o Italia, y aunque no ocurriese simultáneamente en otras partes del mundo, la presión internacional por parte de los Estados Unidos sería enorme. Ésta podría ser una buena definición de lo que es un imperio. La posibilidad de que esta lucha pudiera tener algún tipo de efecto se encuentra en manos de la población estadounidense, alemana, europea, y un largo etcétera. Los movimientos en estos países deben salvaguardar de nuestra influencia a los movimientos procedentes de otras partes de mundo. La economía participativa no se logrará
en los Estados Unidos, Cuba, Sudáfrica o en cualquier
otra parte del mundo la semana próxima, el mes
próximo o incluso el año próximo.
Va a llevar mucho tiempo. Más bien, la cuestión
sería entonces plantearnos la repercusión
que tendría esta visión en todos nosotros.
En mi opinión, la repercusión sería
enorme. Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid |