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Transcripción de un vídeo de O. Ressler,
Nací en Suiza y vivo en Zürich. Mi ocupación
principal es la de profesor en un instituto, aunque
siempre he sido políticamente activo en mi tiempo
libre. Soy un viejo activista de los 60; participé
activamente en las manifestaciones en contra del Vietnam
y en eventos parecidos. Posteriormente, me instalé
en casas ocupas y entré a formar parte del movimiento
antiatómico. Estaba bastante implicado en todo
lo que estaba ocurriendo en ese momento, cuando de repente,
el movimiento entero desapareció; todavía
quedaba un movimiento ocupa en Zürich, sabía
que existía un porcentaje considerable de casas
que estaban siendo ocupadas en Ginebra, pero la policía
acabó paulatinamente con todo. A partir de ese
momento, no quedó nada. Una atmósfera
un tanto deprimente se apoderó de todo, como
suele ocurrir tras este tipo de ciclos. En ese momento,
me dije: voy a escribir todo aquello que deberíamos
considerar todavía como importante. Redacté
una lista de deseos, como la que se suele hacer en Navidad,
una larga lista de cosas que todavía merecían
la pena ser tenidas en cuenta. Quiero apuntar el hecho de que no existe una sola idea en este libro que sea nueva. Todo lo que en él se encuentra es algo que ya existe. Son muchos los caminos que te llevan al bolo; la unidad más básica, hace alusión a la idea de cómo la gente puede convivir en armonía y sin acabar con el planeta, con sus nervios y con sus hijos. Un enfoque es la comunicación: siempre que una persona no puede hablar racionalmente con otra, acude a un poder superior, depende de una autoridad superior para comunicarse. Conocemos, por ejemplo, la teoría de la comunicación, que manifiesta que la comunicación puede funcionar de manera informal siempre y cuando se produzca entre un número máximo de 150 personas, haciendo innecesario el uso de estructuras. En este caso, la comunicación resulta bastante cómoda; sobran por tanto argumentos, precisamente porque la comunicación es así de sencilla. De ahí que haga alusión a una unidad básica, un encuentro, que debe ser considerablemente superior a 150 personas. 500 no sería un mal número, 400, 600, 700 u 800. A partir de ahí, existe otro umbral que debe rondar las 1.000 personas, a partir del cual se hace necesario delegar para poder organizar. Esta administración necesitaría entonces un comité y un determinado nivel de profesionalidad. Es aquí, donde llegamos al reino de la burocracia estructuralmente necesaria. Algo que me desagrada profundamente; el esfuerzo se incrementa rápidamente al tener que controlar a la burocracia para que actúe conforme a nuestros deseos. Estos órganos de control son, una vez más, susceptibles de corrupción y deben igualmente controlarse, convirtiendo todo este proceso en algo demasiado complicado. Bajo mi punto de vista, el término medio debe situarse entre la organización social de un cómodo grupo de 150 personas y la de un incipiente incómodo grupo de 1.000 personas. La solución debe ser un punto intermedio entre ambas: ése es el primer enfoque. Otro enfoque podría tener un planteamiento un poco más ecológico. Los problemas ecológicos de este planeta radican en el norte, donde la calefacción es un elemento imprescindible para afrontar el frío y se ha desarrollado toda una estructura urbana en la que, por ejemplo, el transporte ocupa un lugar privilegiado. Para revertir esta situación y reducir el consumo de energía a un nivel globalmente aceptable, se debería destinar aproximadamente una quinta parte del consumo actual a esa zona. Con esto, no me refiero al sur; el sur utiliza una centésima parte menos de energía que nosotros. En ese sentido, el problema no radica en ellos; más bien es al contrario. El sur debería incrementar su consumo para poder alcanzar la quinta parte del consumo de energía global que le corresponde. Una reducción del uso de energía significaría la erradicación de los coches o de las casas unifamiliares, e implicaría compartir casa. Posteriormente, se debería pensar en el tamaño más adecuado para aislar las viviendas del frío y del calor, así como el material más barato que permitiera calentarlas. Los edificios serían cada vez más compactos, porque la relación entre la superficie exterior y el volumen sería mucho más eficaz. Esto implicaría que en el norte, por ejemplo en los Estados Unidos, la gente que viviera en pequeñas casas aburguesadas se mudara a palacios populares, o eco-palacios, que fueran más fáciles de calentar. Se puede crear una tipología excesivamente concreta que naturalmente debe analizarse con cierta ironía. Todos tenemos que vivir en edificios de ocho plantas y de 100 metros de largo por 20 de ancho. Esta monstruosidad es en realidad una necesidad ecológica. Siempre suelo empezar por este bolo occidental urbano.
Nunca me ha gustado aconsejarle a nadie cómo
debe o no debe organizar su vida. Simplemente, pongo
a Suiza como ejemplo, aunque se puede extender igualmente
al resto de Europa occidental. ¿Cómo se
puede organizar la agricultura con respecto a estas
estructuras urbanas? Mi consejo, así como el
de otra mucha gente que ha estudiado ecología
y agronomía, sería: en Europa occidental,
y para el suministro de comida de un bolo como éste,
necesitaríamos alrededor de 90 hectáreas
de tierra suiza. Si tomamos como ejemplo una ciudad
de tamaño medio como Zürich, entonces estas
90 hectáreas podrían situarse en un radio
aproximado de 30 Km. alrededor de la ciudad. Ese espacio
se encuentra todavía disponible, siempre que
en el futuro no se siga construyendo o pavimentando
el terreno que todavía queda libre. Asimismo,
y desde un punto de vista puramente esquemático,
se podría también asignar a cada uno de
los bolos una granja de 90 hectáreas. Éste
cálculo es bastante generoso, porque en Suiza
las granjas suelen tener un tamaño medio aproximado
de 15 hectáreas; en Austria quizás el
tamaño sería un poco mayor. A pesar de
que son unidades relativamente grandes, no significa
que toda esta extensión de terreno tenga que
ser cultivada. Éstas estructuras serían
intrínsecamente bastante diversas y se podría
producir de todo, desde patatas hasta leche. Esto produciría
un rendimiento bastante ecológico, ya que un
camión pequeño, o incluso el vagón
de un tren, sólo tendría que realizar
una viaje a la semana entre el área rural y el
área urbana. Se podría aprovechar el viaje
de vuelta para transportar abono orgánico. Posteriormente,
se podría desarrollar un sistema en el que la
gente que viviera en el bolo, pudiera también
trabajar en la zona rural. Este sistema sería
mucho más eficaz que el de suministro de supermercados
que tenemos hoy en día, donde se precisa la participación
de toda una serie de transportes intermediarios, centros
de distribución y supermercados, sin olvidar
el hecho de que además es necesario ir al supermercado.
Cada bolo sería un supermercado, con una sección
de tierra diversificada lo suficientemente grande como
para obtener un rendimiento económico. El sistema
agrícola actual resulta inviable porque funciona
únicamente con un elevado suministro de petróleo
y productos químicos, entre otras cosas. El cultivo
biológico mixto permite combinar distintas plantas
en una misma área para su posterior fertilización,
a diferencia de lo que ocurre en estos enormes y monótonos
campos cuya longevidad se ve muy reducida. Sin embargo,
esta agricultura mixta requeriría triplicar la
mano de obra que existe en la actualidad, algo que podría
ser bastante beneficioso. Este porcentaje no es demasiado
elevado si tenemos en cuenta que en Suiza, la agricultura
constituye aproximadamente el 3% de la mano de obra,
y debería situarse en torno al 10%. Entretanto,
todos los bancos habrían desaparecido y existiría
un número suficiente de gente que podría
tomar cartas en el asunto. La forma más simple de intercambio es el regalo.
Es, asimismo, la más peligrosa, especialmente
en el caso de los receptores. Este intercambio sólo
es posible cuando quien lo realiza es relativamente
independiente. Un bolo dispone de una soberanía
básica; en Suiza existe este refrán: lo
suficientemente independiente como para ser generoso.
En términos marxistas, lo importante no debería
ser el valor de lo que se aporta. Los regalos pueden
ser de muy diversa índole. Teniendo en cuenta
que los bolos estarían por todas partes, la generosidad
sería una especie de honor para estos bolos,
e implicaría la obtención de algo a cambio.
Esta sería una forma importante de trueque, que
no tendría que estar especialmente vinculada
a la comodidad. Se podría ofrecer cualquier cosa;
tiempo, poemas o todo aquello que se deseara. Si lográramos estas condiciones ecológicas, por ejemplo, un 20% del consumo de energía, se podría incluso permitir la circulación de algunos coches. Un bolo podría quizás tener 20 coches que la gente pudiera alquilar. Este número de coches sería suficiente cuando se tuviera que conducir de vez en cuando. Aunque apenas si sería necesario conducir porque no habría motivos para ir a ninguna parte. Esto supondría una reducción del 10% en el número de coches, un colapso de la industria del automóvil, así como de todos los bancos que la financiaran. Al mismo tiempo, la industria petrolífera desaparecería. Simultáneamente, la industria de los electrodomésticos se reduciría de forma proporcional ya que se podría lavar, por ejemplo, toda la ropa en una sola lavadora del bolo, cuya potencia sería ocho veces superior a la de una lavadora convencional. Se podría utilizar toda la electrónica destinada al entretenimiento que funcionara todavía, pero el volumen sería inferior. En realidad, la industria tecnológica se vería reducida únicamente en términos de consumo. El consumo se reduciría en un 10%. Únicamente quedaría un problema por resolver: dónde y cómo producir el resto de productos de forma mucho más eficaz. La respuesta es clara: subcontinentalmente. Por ejemplo, la producción de camiones se realizaría en un sólo sitio, digamos en el sur de Varsovia, para abastecer a todos los bolos o ciudades situadas entre los Urales y el Atlántico. Y solamente se producirían módulos. Se producirían módulos de tamaño grande, mediano y pequeño, así como un motor para, a continuación, montarlos en los bolos o en las ciudades. Esta situación se puede apreciar hoy en día en el "tercer mundo". Todos los autobuses públicos se fabricarían allí. El chasis se fabricaría allí y se distribuirían los motores y el sistema de cambios. Esto podría considerarse ya una tecnología eficaz. ¿Cómo funcionaría? Simplemente con dinero, se pagaría por todos estos artículos. La pregunta lógica sería: ¿cómo se podría conseguir dinero? Por supuesto, sólo existe una opción: o se paga por ellos, o existe una cuota. Dado que necesitaríamos una determinada cantidad de camiones y trabajadores para producirlos, deberíamos pagar indirectamente con dinero a los trabajadores por su trabajo, aunque no se necesitaría mucho. Si fuera necesario, se podría conseguir dinero intercambiando parte de estos artículos, parte de la mano de obra o de los productos agrícolas. De este modo, se crearía automáticamente un mercado subcontinental. Al convivir todos juntos, existiría un control
social intrínseco que no precisaría del
cumplimiento de normas. Sería, por tanto, únicamente
una cuestión de: ¿qué quieres hacer
ahora? La supervivencia sería mucho más
sencilla. Esta convivencia evitaría en gran parte
un comportamiento social dañino y permitiría
un recorte de la fuerza policial en casi el 10% de su
tamaño actual. La cuestión sería
entonces la contraria: si me presento como "IBU",
como una persona, ¿cuánto control social
podría soportar? Esto podría suponer también
un problema. La pregunta que deberíamos plantearnos
haría referencia a una de las partes de esta
amalgama. Si no existe control social, las condiciones
son marginales; el caos y la anarquía, en el
peor de los sentidos, prevalecen y se hace necesaria
la presencia policial. Este sistema no conduce a nada
bueno. Pero, también, debería existir
una cierta libertad de acción que nos permitiera
defendernos ante este control interno. Uno de los ámbitos
de esta libertad de acción sería el tamaño.
Si hay 500 personas, entonces se garantiza el anonimato.
En este caso, se podrían desarrollar actividades;
los bolos podrían tener varias entradas y salidas,
de modo que nadie pudiera vernos. En el caso de bolos
más pequeños, este control se convertiría
probablemente en una pesadilla; por lo tanto, cuánto
más grande mejor. Los bolos tendrían un
contrato de bolo general. La gente podría viajar
en cualquier momento a otro bolo, siempre y cuando lo
notificara previamente, dado que el resto de bolos tendría
una capacidad del 10% para albergar a aquellas personas
que los visitaran como invitados, aunque se podría
dar también el caso de que desearan quedarse.
Nos podríamos desplazar a cualquier parte y desde
cualquier parte. De este modo, y debido al recelo que
produciría la partida de cualquiera de los miembros,
se evitaría que la gente fuera demasiado estricta
con el control social. Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid |