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Una teórica o un teórico es alguien que ha
sido desmenuzado por la teoría.
Antes que acumular herramientas y materiales
teóricos, modelos de análisis, perspectivas y posiciones, el trabajo de la
teoría es desentrañar las bases mismas sobre las que éste se sostiene;
introducir cuestiones e incertidumbres en aquellos lugares en los que
previamente había un consenso aparente sobre lo que se hacía y sobre cómo se
hacía.
Respecto a la pregunta ¿qué debe ser una o un
artista? me gustaría entonces formular la cuestión de qué debe ser una teórica
o teórico, señalar cuan inextricablemente conectadas deben estar estas
existencias y prácticas. Las viejas fronteras entre hacer y teorizar, historiar
y exponer, criticar y afirmar, están desde hace mucho erosionadas.
La práctica artística ha comenzado a
reconocerse como producción de conocimiento; los esfuerzos teóricos y
curatoriales han asumido también una dimensión mucho más experimental e
inventiva, situándose ambos en el ámbito de lo potencial y de lo posible más
que en la producción exclusivamente material.
Las antiguas conexiones pragmáticas mediante
las cuales un área se ponía al servicio de la otra han dado paso a nuevas
formas de entendimiento con las que nos enfrentamos a los asuntos culturales en
común y producimos formas de comprensión de lo cultural también comunes. En
lugar de entender el ‘criticismo’ [criticism] como el acto de emitir un
juicio sobre un objeto de crítica [critique] definido, reconocemos ahora
no sólo nuestra propia imbricación en el objeto o el momento cultural, sino
también la naturaleza performativa de cualquier acción o postura que podamos
adoptar con relación a éstos. Ahora pensamos que todas estas prácticas están
conectadas en un proceso complejo de producción de conocimiento, en lugar de la
anterior separación entre crear y criticar, producir y aplicar. Quien comparta
esta perspectiva no puede preguntar “¿qué es un o una artista?” sin preguntar
“¿qué es un o una teórica?”.
Narrar el desentrañamiento teórico, el ser
desmenuzado o desmenuzada, es describir un viaje en fases a través de las
cuales el pensamiento en el que estamos inmersos o inmersas se invalida. Son
momentos de epifanía silenciosa en los que caemos en la cuenta de que las cosas
no tienen por qué ser necesariamente de una manera, que podría haber otra
manera completamente distinta de pensarlas, momentos en los que los paradigmas
que habitamos cesan de autolegitimarse y, en un destello, se nos revela que no
son más que lo que son, paradigmas. En mi caso particular ha consistido en un
viaje desde la disciplina llamada historia del arte (a través de los grandes
caminos del estudio crítico y teórico) hasta algún otro lugar menos
disciplinado que por el momento y muy provisionalmente podríamos llamar cultura
visual.
Lo que es más, he llegado a las formaciones
de la cultura visual desde la perspectiva ligeramente diferente de la
diferencia cultural, siendo uno de los privilegios de los desplazados y
desplazadas culturales el que su punto de vista sea siempre desmañado y
desconfiado, nunca posicionado frontalmente y casi siempre en relación insegura
respecto a los paradigmas dominantes. Inicialmente provengo de una formación
larga, convencional y antiintelectual en historia del arte que a su
finalización me dejó completamente perdida a la hora de navegar los
intersticios entre quién era yo, qué hacía y el mundo que habitaba.
En mi caso particular, la distancia entre
estos tres elementos era tal que, vistos en retrospectiva, mis aceptables
intentos de estirar y expandir una práctica profesional para acomodarla a mis
propios intereses no parecen haber sido capaces de cubrir tales brechas. Mi
atención, en primera instancia, se vio por tanto retenida en las posibilidades
de formular un proyecto no a partir de una serie de materiales dados o categorías
existentes, sino de lo que pareciera el espectro de preocupaciones más urgentes
en cada momento histórico. A grandes rasgos, éstas fueron para mí. En los años
ochenta: el interés por el género y la diferencia sexual que derivó en una
exploración de las epistemologías feministas; en los noventa: el interés por la
diferencia racial y cultural que derivó en el intento de tratar la autoridad de
la “geografía” como un corpus de conocimiento con implicaciones políticas;
actualmente: el interés por las cuestiones relativas a la democracia y cómo sus
modos parlamentarios y performativos podrían abrírsenos para tomar parte en
ella, algo que actualmente pienso en términos de exploración de formas
participativas y de lo que significa tomar parte en la cultura visual más allá de
los roles que nos asigna como espectadores, espectadoras y oyentes.
Obviamente, de lo que estoy hablando es de un
largo viaje de unos dieciocho años que ha incluido encuentros con las formas en
que las políticas globales se reformulan y reformatean constantemente por una
parte y, por otra, encuentros tremendamente excitantes con la teoría crítica
que afirma que las cosas no son necesariamente lo que parecen. Ambas me han
ofrecido herramientas a través de las cuales observar. Pero no temáis, no me
dispongo a explicaros la larga marcha desde el estructuralismo hasta Deleuze
con desvíos por el feminismo, el psicoanálisis y el colonialismo. Lo que me
importa a cambio es la dinámica de la pérdida, de la renuncia, del
desplazamiento y del estar sin.
Estas dinámicas son para mí una parte
necesaria de mi comprensión de la cultura visual que, sea lo que sea, NO es un
proyecto acumulativo y aditivo en el que trozos de perspectivas recién
descubiertas se añaden a una estructura existente, aumentándola y enriqueciéndola
aparentemente, haciéndola supuestamente aceptable ante las presiones de la
época. A mi entender no es posible divorciar la noción de ‘criticabilidad’ [criticality],
que yo veo como fundacional para la cultura visual, de los procesos que
experimentan corpus de conocimientos ya existentes, dejando atrás ciertos
modelos teóricos de análisis y prescindiendo de ciertas fidelidades.
La ‘criticabilidad’, tal como yo la percibo,
se encuentra precisamente en las operaciones de reconocimiento de las
limitaciones del pensamiento propio, ya que uno o una no puede aprender algo
nuevo hasta que se desaprende de algo viejo; de lo contrario sencillamente suma información en
lugar de reconsiderar una estructura.
Me parece que en el espacio de un periodo
relativamente corto hemos sido capaces de desplazarnos desde el criticismo
hacia la crítica y de ahí a la criticabilidad [from criticism to critique to
criticality]: del poner reparos hacia el examen de los presupuestos
subyacentes que hacen que algo se muestre como una lógica convincente, y de ahí
a operar desde un terreno incierto en el que, al mismo tiempo que se construye
sobre la crítica, se quiere sin embargo habitar la cultura en una relación
diferente que la del análisis crítico; otra relación con la cultura que la de
iluminar defectos, localizar elisiones, repartir culpas.
En el proyecto del ‘criticismo’ nos
preocupamos principalmente por aplicar valores y juicios, operando a partir de
un apenas reconocido índice de medidas humanista que se sostiene en creencias
naturalizadas e intereses negados. El proyecto de ‘crítica’, que negaba el del
‘criticismo’ en diversos niveles de la teoría posestructuralista y en las
esferas entre sí relacionadas de la diferencia sexual y el poscolonialismo, ha
supuesto un extraordinario examen de todas las asunciones, valores
naturalizados y estructuras de pensamiento que han sostenido nuestras heredadas
pretensiones de verdad a través del conocimiento..
La crítica, en toda su miríada de
complejidades, nos ha permitido develar, descubrir y reexaminar críticamente
las lógicas y operaciones convincentes de dichas pretensiones de verdad. Sin
embargo, a pesar de su poderoso aparato crítico y de su inmenso y continuado
valor, la crítica ha mantenido un cierto conocimiento externo, una cierta
capacidad de mirar desde el exterior hacia el interior y desentrañar, examinar
y exponer lo que aparentemente ha estado escondido entre los pliegues del
conocimiento estructurado. El énfasis creciente en el reparto de culpabilidades
y en el señalamiento de elisiones e injusticias ha creado alianzas entre la
crítica y proyectos políticos como el de las ‘políticas de identidad’,
disminuyendo la compleja potencialidad que la crítica tiene de ocupar la
cultura mediante un conjunto de productivas dualidades y ambigüedades.
Uno o una se encuentra siempre, después de
todo, en un error, ésta es su condición permanente y continuada, pues año tras
año toma conciencia de una nueva y hasta ahora desconocida perspectiva que
ilumina injusticias cada vez más profundas en la cultura. La fase más actual de
la teoría cultural, que aquí llamo ‘criticabilidad’ (quizá no sea el mejor
término pero es del que dispongo por el momento), está cobrando forma mediante
el énfasis sobre el presente, el vivir una situación, el comprender la cultura
como una serie de efectos antes que de causas, por la posibilidad de actualizar
algunas de sus potencialidades antes que revelar sus defectos. Obviamente bajo
la influencia de Deleuze, Nancy y Agamben, de su manera de desbaratar las
dicotomías ‘dentro’/’fuera’ mediante numerosas categorías emergentes como
rizoma, pliegue, singularidad, etcétera, que colapsan binarismos reemplazándolos
por complejas y múltiples formas de estar, la ‘criticabilidad’ está por tanto
conectada en mi mente con el riesgo, con una forma de estar en la cultura que
reconoce performativamente lo que arriesga sin ser totalmente capaz de
expresarlo.
En la ‘criticabilidad’ tenemos esa doble
dedicación por la cual estamos totalmente armados y armadas con los
conocimientos de la crítica, capaces de analizar y develar, mientras
compartimos y vivimos la mismas condiciones que sabemos analizar. Es así que
vivimos una dualidad que requiere tanto un modo analítico como la exigencia de
producir nuevas subjetividades que reconozcan que somos lo que Hannah Arendt
llamó “compañeros de fatigas” en las propias condiciones que examinamos
críticamente.
Este texto es la primera sección de “What is a Theorist?”, http://kein.org/node/62
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