Traducción de Marcelo Expósito
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Estoy aquí para hablar de Group Material, un colectivo de artistas [al cual pertenecí] que fue variando en su composición y que, a mi juicio, constituye un ejemplo histórico que puede resultar muy útil a la hora de plantear modelos de práctica artística productivista. Si hay una verdad que se pueda afirmar sobre nuestra práctica, esta es sin duda que creíamos en el museo como un lugar público: un espacio potencialmente apto para realizar intervenciones artísticas con las que definir y debatir qué significado adquiere el sujeto. Esta presentación me ofrece también la oportunidad de tratar dos inquietudes recientes de mi propio trabajo. En primer lugar, el problema de cómo reconfigurar ese arsenal que es el archivo, dado que Julie Ault [quien también formó parte de Group Material] y yo estamos preparando, en este mismo año, el depósito en la colección Fales de la Universidad de Nueva York de todo el material archivado de Group Material, para que pueda ser consultado. En segundo lugar, el hecho de que mi práctica individual haya estado durante muchos años basada en la producción de objetos singulares e idealmente autónomos, las pinturas; esto es, en una forma de interpelación al espectador que parece ser extraña a la producción firmada colectivamente. Me debato en esta dualidad: entre, por un lado, el arte como algo soberano y autónomo, ligado a una experiencia que se basa en el afecto y en la contemplación; y, por el otro, la experiencia del arte como un trayecto ético fundamentado en la crítica social. Mi trabajo actual me hace pensar que cuando esta dualidad se entiende en términos de oposición, se malinterpreta como una contradicción. De hecho, en este momento creo que el arte puede cambiar a los seres humanos al hacernos experimentar la fricción entre el afecto emocional —las nuevas emociones que produce— y los efectos políticos que propone. Cuando el arte se encuentra atrapado en el mundo instrumental de las causas sociales, o bien reducido a una condición meramente decorativa, nos encontramos básicamente frente a un mismo problema: el statu quo. Tanto los modos de experiencia epifánica como los discursos actualmente hegemónicos se encuentran confusos frente a lo que, como seres humanos, todavía no entendemos. Como artistas, actualmente operamos en una era de desastre económico planificado, en un tiempo en el que el potencial socialmente transformador del arte se nos presenta investido del halo del poder oficial, ya que muchas instituciones presentan exposiciones sobre el arte y la democracia, las prácticas relacionales, el arte comunitario y otras conocidas tradiciones que difuminan las fronteras entre el arte y la vida. Dichas exposiciones presentan tanto al arte como a la vida subsumidos bajo la bandera de la ética. Me parece que es importante preguntarnos: ¿por qué ahora? Se trata de una pregunta dirigida a nosotros y a nosotros mismos, a nuestras instituciones y a nuestros públicos. Félix González-Torres [quien también formó parte de Group Material] solía decir que todo en la cultura sucede por una razón: y yo tengo curiosidad por saber por qué ahora, y en el interés de quiénes los museos se muestran hoy como un espacio ético, un espacio que puede modificar la virtud pública. Esta pregunta reviste para mí un especial interés, en el momento actual de mi trabajo, porque coincide con la premisa originaria del proyecto de Group Material: el intento de cambiar las condiciones sociales de las obras de arte. Para nuestro grupo, dicha cuestión expresaba la intención de implicarnos directamente en una crítica de las instituciones, de cuestionar las genealogías de los valores que el arte crea, y de lo que podría crear. Esto tam- bién me interesa en este momento, porque recientemente estoy intentando situar los paradigmas del arte y la política en una discusión más amplia, organizando conversaciones entre productores culturales como una manera de construir, para mí y para mis estudiantes, nuevas concepciones del arte más independientes. [1] Por tanto, lo que quiero hacer aquí es esbozar, a través del trabajo de Group Material, algunos interrogantes sobre el actual giro ético acaecido en el arte: en primer lugar, examinaré lo que he encontrado en mis propias fuentes acerca de nuestra práctica expositiva; seguiré después mostrando en detalle el proyecto de Group Material Democracy (producido por Julie Ault, Félix González-Torres y yo mismo en 1988); finalmente, ofreceré dos o tres ejemplos de obras contemporáneas que podrían ayudarnos a reflexionar sobre los sensacionales cambios que han tenido lugar como consecuencia de la incorporación de la ética al modus operandi museístico. Este tipo de reflexiones se encuentran bien representadas, en este seminario, por participantes mucho más activos que yo en este giro ético; así pues, pido disculpas por adelantado por cualquier tipo de interpretación equívoca o errónea de la situación presente que pueda desprenderse de mi lectura.
Group Material Pensábamos que la auténtica complejidad de la experiencia artística era obviada tanto por la estrechez de los estudios museográficos académicos como por el gusto de la cultura comercial en el marco de recepción del arte realmente existente. Pensábamos que esta degradación del arte debía ser contrarrestada me- diante el diseño de un tipo de intervención que hiciera uso de un conjunto de actividades organizadas en colaboración por artistas y nuevos públicos. Algo que nosotros no inventamos. Lo encontramos en el hacer artístico que vino antes que el nuestro: en Courbet, Mayakovski, Clifford Still y James Brown; en Wallace Stevens y Paolo Freire; en Michael Asher y Charles y Ray Eames. A continuación citaré algunos datos históricos que vienen a mi mente cuando pienso en ese momento de la fundación de Group Material.
Pietro Antonio Martini
Aby Warburg
Burnett, R.Will
La disrupción, que es inherente al arte, nos exige que hagamos derivar, derribar o colapsar las definiciones y las subjetividades existentes, con el fin de poder seguir aprendiendo qué somos y qué es la naturaleza; aprendiendo que uno puede abrir su trabajo artístico a un tipo de proyecto diferente, el cual puede determinarse —tanto en secreto como públicamente— entre nosotros mismos y otros. Se trata tanto de rehacer lúdicamente nuestro trabajo, como de rehacernos a nosotros mismos y a nuestro contexto social. El término inglés bathos se define como una caída de lo sublime a lo ridículo. Me gustaría proponer una interpretación de la presencia de lo social en el arte como bathetic, ya que se basa en parte en una estética del colapso, la interrupción y la confusión, ejemplificada en una obra de arte mágica llamada Trébuchet [Trampa]: es la trampa que obliga al visitante a perder el control, a caerse justo al entrar en el estudio de Marcel Duchamp.
Marcel DuChamp
Lo que voy a hacer a continuación es trazar un recorrido histórico abreviado de nuestros proyectos como Group Material, para poder introducir después el tema más amplio de cómo la práctica social ha cambiado en los museos.
Group Material
Group Material
La muestra Timeline,[4] realizada por Group Material para mostrar las intervenciones de Estados Unidos en América Central, consistía también en un ensayo de desevidenciación del arte y de la historia del arte en el curso del tiempo, en el cual, por ejemplo, una naturaleza muerta de Diego Rivera representaba el presente, mientras que John Heartfield representaba el siglo xix. El método de desevidenciar la historia parecía formar parte integral de nuestra insistencia en reconstruir los valores artísticos.
Group Material
Group Material
Intentábamos reavivar un tipo de diálogo que entendíamos que tenía lugar en relación con los objetos artísticos; del sentimiento que provoca el descentrar ciertos objetos que están investidos de un poder o de un aura, surge un tipo de diálogo que permite comprender ese poder y sus implicaciones sociales. De la poética surge el diálogo y luego el descentramiento colectivo, y de la búsqueda de la resolución surge la poética. Con este propósito, objetos artísticos y artefactos de otro tipo se colocaban juntos, las formas cerradas del archivo y de la colección privada se dispersaban, los límites de la galería comercial se veían sobrepasados mediante el formato del salón artístico, y todo ello en conjunto podía convertirse en una manera de experimentar emocionalmente la panoplia de sentimientos intrínsecos a las obras de arte político.
Group Material
Group Material
Group Material
Al principio pensamos en abandonar por completo el concepto de curaduría, deshacernos de cualquier lista previa de obras, ir más allá de la metáfora para implicar al público en reuniones y manifestaciones, en un tipo de agencia que permitiese en realidad llevar cosas dentro y fuera de la galería para dar así respuesta a la realidad política diaria, de esa misma semana o del mes en curso. Por fortuna, este tipo de aperturas eran imposibles cuando se trataba de meter y sacar de la sala de exposiciones una pizarra de Joseph Beuys. Y la idea amorfa de una exposición considerada como el equivalente de la naturaleza vacía del foro democrático es bastante reductiva, en el sentido de que la metodología del trabajo estético consiste en tomar decisiones activamente. Lo que decidimos asumir es que si esas decisiones eran colectivas en su origen, darían lugar a formas y a políticas progresivas.
Group Material
Flyer for Town meeting
Roundtable Discussion for
Cover, Democracy:
A Project by Group Material. 1. Nuestro trabajo no era activismo sino obra de arte. En ese orden de cosas, decidimos que podíamos ser nuestros propios expertos. Teníamos una idea del arte quizá exagerada, como algo que podía cambiar el mundo. Pensábamos que, en la medida en que los lenguajes artísticos pueden desplazar los valores compartidos —tanto en el plano real como en el simbólico—, estos pueden ser cambiados mediante una obra de arte, tanto da que sea o no didáctica. Nosotros éramos nuestro propio público, y modelábamos la forma de la contemplación para que consistiese en un encuentro en el que se pudieran romper simbólicamente las formas de subjetividad constituidas, las cuales podrían ser también reconstruidas mediante el tipo de experiencias emocionales que comparten el arte y la epifanía. Esta reconstrucción del yo en el arte tiene lugar en grupo, en conjunto con otras personas reales o imaginarias. Y requiere volver a pensar el carácter del museo como un lugar público en el que estas experiencias pueden tener lugar y como un vehículo para la epifanía colectiva. Para ello, pensábamos que los artistas debían asumir la organización y la producción de las condiciones de recepción de su trabajo. 2. Para mi generación, la década de los ochenta fue el momento en que se dejó sentir por vez primera la consolidación de las políticas de privatización y el fundamentalismo del mercado. Era el momento en que se inventó la vida que ahora vivimos, en que comenzaba a tener lugar el desmantelamiento de la gran Sociedad. Éramos los ciudadanos de una ciudad que oscilaba entre la completa desposesión y la capitulación frente al fundamentalismo del mercado. Experimentamos de primera mano cómo se sacrificaban tanto las políticas sociales de posguerra como otras alternativas no gubernamentales a la implacable lógica del beneficio. Cuando Group Material empezó, Nueva York experimentaba una terrible recesión, en una cultura de posguerra que provenía de la guerra de Vietnam, de dos años de conflicto Irán-Irak y de tres años de movimiento en pro de la democracia en China. Si digo esto es porque nos encontramos ahora en lo que parece ser un retorno planificado a la precariedad. 3. Frente a todo lo anterior, tuvimos que desplazar el lugar de la obra de arte y dislocar la autoridad del museo. Esta dislocación se hizo posible llevando la colaboración con otros a for- mas más complejas: entendiendo la yuxtaposición del arte con el mundo como un acto generador, y distanciándonos de la idea del arte como algo destructivo. Observamos que los valores crecen y el juicio se expande en complejidad, y en su compromiso con el ser humano, cuando interaccionan entre sí; se trataba de una básica concepción ilustrada de la importancia del diálogo. He escrito en otro lugar sobre esto, sobre cómo la experiencia compartida del descentramiento —que se asocia con la contemplación de obras de arte, con el enfrentarse a la belleza— permite construir relaciones con la justicia social. Así pues, ¿qué ha cambiado? Tal y como yo lo veo, nos encontramos hoy con algunos problemas, muchos de los cuales se iniciaron en las prácticas críticas de los años ochenta, y hay algunas comparaciones interesantes que se pueden establecer entre aquel entonces y la actualidad en cuanto al trabajo de artistas y curadores. Desarrollaré este pasaje final de mi charla siguiendo una serie de notas. 1. Está en primer lugar el peligro de que otros se apropien del capital social de los artistas, como analiza con rotundidad Nato Thompson en la introducción a su libro A Guide to Democracy in America, un texto que acompaña a la exposición de Creative Time con el mismo título.[9] Esta exposición me entristeció mucho. La manera en que un trabajo como el nuestro era reconducido, hacía que la exposición pareciera un fondo decorativo para realzar otras prioridades y deseos institucionales. Hal Foster predijo hace tiempo que, en la medida en que los artistas renunciasen a una idea autónoma de la autoría, habría otras iniciativas institucionales que se apropiarían de su aura y de su poder. Me vienen a la memoria las iniciativas de «arte de implantación comunitaria» que tuvieron lugar en los años noventa, mediante las cuales las geografías sociales de colectivos y de activistas invisibles eran utilizadas por instituciones bienintencionadas, quizá inadvertidamente, como escenarios para el desarrollo inmobiliario. Una parte importante de esa lógica que eleva la ética por encima de la estética provocó la destitución de la soberanía del arte, de su capacidad histórica de existir por fuera de las ideas recibidas de cómo el arte puede producir efectos y afectos, incluso reinventando estos términos. ¿Qué beneficio tiene para la ética el renunciar a la autoridad y a la autonomía del arte? ¿Facilita ello que nuestros públicos estén mejor formados en la virtud? Quienes estamos implicados en prácticas museísticas, ¿acaso no permitimos, mediante esa renuncia, que sean las grandes instituciones tanto de la esfera cultural como de la política quienes conviertan el disenso y la invención artísticas en una marca supeditada a los escenarios institucionales? 2. En este contexto de exposiciones globales y tesis curatoriales que producen un «efecto marca», parece haber pocos contenidos relacionados con el cómo nos queremos, cómo nos liberamos los unos en los otros. ¿Qué perdemos cuando la base del criterio para la producción artística se reduce a la ética? ¿Qué pasa con nuestro deseo de afirmar y de poner en escena formas de subjetividad diferentes? ¿Qué sucede con el sexo, dónde queda la liberación sexual? 3. ¿Cómo podemos concebir instituciones que trabajen junto con nosotros esas formas más complejas de entender la subjetividad política que no siempre son reductibles a una base ética? ¿Cómo podemos producir sensaciones de una manera que estas rechacen su instrumentalización? ¿Acaso estamos clavados al telón de fondo de una idea estable de cómo llegamos a ser quienes somos y de cómo el arte puede representarnos? Estudiamos el bien con el fin de hacernos nosotros mismos más virtuosos. Mientras tanto, durante ya algunos años, muchos pintores han defendido la idea de que existe una dimensión política en aquello que las formas puras o abstractas pueden producir al ser contempladas. Que se da una intensificación de la subjetividad cuando esta se engarza con una reflexión sobre lo estético que sea de tipo incluyente —quizá hasta el infinito—, que tiene lugar en el momento en que nos enfrentamos a una imagen sin referente y añadimos a esta nuestras experiencias, pensamientos, sentimientos. Se trata de un balbuceo que hace que una obra de arte sea en primer lugar algo que vemos, pero luego se convierte también en esto, y luego en esto y en esto otro, y así sucesivamente. Ciertos relatos recientes sobre el giro social del arte me recuerdan la trayectoria clásica de la pintura monocroma, en el sentido de que el arte cree que tiende a ser bueno por lo que abandona, por lo que niega. ¿Podemos vislumbrar un arte político en el que otras formas y otras historias existan antes y después, entrecruzándose con esa contradicción y atravesándola? Desde este punto de vista que propongo, el trabajo de los artistas no se vería encerrado en el callejón sin salida de lo ético ni de la eficacia; así, las formas que producimos no podrían volver a colapsarse en un punto de vista pseudouniversal. Al contrario, una multiplicidad de formas y de historias, incluso en conflicto entre sí, se entrecruzarían, mutando en formas y sujetos inesperados y paradójicos que se enfrentan a la idea aceptada de qué es humano y qué es inhumano: un encuentro de este tipo supondría una propuesta en abstracto de cómo podría continuar la vida social. 4. Una de las ideas que Group Material defendía era la de cuestionar la figura del artista individual. Pero ¿qué sucede hoy, cuando hemos contribuido a desplazar la noción del autor autónomo? ¿Hacia dónde se dirige ese desplazamiento? No parece que esa figura desaparezca, sino que se reposiciona en el seno de la institución que nos patrocina, de la ciudad que nos cobija y del logo que determina cuál es nuestra identidad dentro de una diversidad planificada. ¿Dónde ha quedado nuestro pesimismo? Otro problema al que nos enfrentamos es: ¿a qué esperamos para crear nuestras instituciones? Cuando estas lleguen, ¿será demasiado tarde? Hay quienes han mantenido un compromiso político en el arte durante los últimos veinte años, pero hay otros que lo hacen actualmente porque está de moda, o porque se subvenciona, o incluso porque resulta seguro. Pero una cosa es cierta: el creciente mercado ha hecho que todo el mundo en el ámbito del arte se sienta tan seguro que asumir un poco de riesgo resulta adecuado, dado que, en definitiva, no se asumen riesgos de verdad: los republicanos van a perder las próximas elecciones,[10] y la privatización de la cultura que afectó a tantas instituciones en los noventa ha tenido como resultado que el dinero en efectivo bañe de nuevo el mundo del arte. Ahora que todo el mundo puede odiar a Bush, ¿es el momento de echar un poco de dinero a lo «político» en el arte? Pensemos en la imagen de Steve Kurtz[11] impartiendo una charla frente a un mural de pintura realista durante una de las actividades de la programación nocturna de la exposición Democracy in America. A mí me gustaría reemplazar ese mural, que nos muestra imágenes dramáticas de ciudadanos estadounidenses en un paisaje ruinoso de precariedad, por una pintura abstracta de Joan Snyder que se titula Summer Orange, pintada en 1970. Group Material me permitió pensar lo estético y lo social/ político juntos, en lugar de subsumir ambos en lo ético. No en los términos sombríos que proponía la dialéctica de la ilustración —controlar es liberar, liberar es controlar—, sino como una manera expresiva y articulada de regenerar las sensaciones que experimentamos al enfrentarnos al otro, modelada en formas artísticas. Red 76 insiste en que el arte provoca un afecto que ha de ser traducido en algo que produzca un cambio en nosotros a través de los sentidos antes que del intelecto. Un cambio que se ha de compartir con otros, no solo contrastando las diferentes opiniones, sino también provocándonos mutuamente disyunciones, efectos de choque, extrañamientos.
Bernard le Bovier de Fontenelle
Myron Stout
It
was when I said, “There
are many truths, It
was when I said, It
was when you said, It
was at that time, that the silence was largest And longest, the night was
roundest,
Este texto ha sido publicado previamente en: Los nuevos productivismos, Marcelo Expósito (ed.), Museu d'Art Contemporani de Barcelona (MACBA) y Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), 2010. [1] Véanse los libros de conversaciones Who cares. Nueva York: Creative Times, 2006 (http://www.creativetime.org/programs/archive/2006/whocares/index.html); y Doug Ashford y Naeem Mohaiemen: Collectives in Atomised Times. Barcelona: Idensitat, 2008. [N. del T.] [2] Aparecidos durante el Renacimiento en Europa, les cabinets de curiosités, wunderkammer o wonder chambers consistían en salas de exhibición de la multitud de nuevos objetos, curiosidades o hallazgos surgidos para el ciudadano europeo en una era de grandes descubrimientos y exploraciones; en algunos casos incluían pinturas y otros artefactos que hoy llamaríamos «estéticos», lo cual los incluye en la genealogía del museo moderno. Se organizaban solapando el conocimiento científico moderno con el saber popular o incluso el espectáculo populista. Resulta evidente la influencia que este dispositivo clásico de mostración tuvo en las formas de exposición practicadas por Group Material. [N. del T.] [3] Tuvo lugar en 1980 en el local de Group Material en el East End de Nueva York. [N. del T.] [4] Producida en 1984 en el P.S.1 de Nueva York con el título Timeline: A Chronicle of U.S. Intervention in Central and Latin America, en el marco de una muestra organizada por Artists Call Against U.S. Intervention in Central America. [N. del T.] [5] Exhibición de carteles colgados en Union Square de Nueva York en 1982. El nombre fue tomado de los dazibaos o grandes carteles murales compuestos íntegramente por textos que cualquier ciudadano chino podía (y aún hoy día puede) colgar en paredes ad hoc para inducir la polémica pública. Quizá resulte obvio subrayar la provocación que Group Material introducía en el ámbito estadounidense al hacer uso de un medio de opinión pública democrática proveniente de un país comunista —declinándolo mediante técnicas publicitarias—, teniendo en cuenta que el grueso de la producción de Group Material que aquí se describe fue realizado entre los mandatos presidenciales de Ronald Reagan y George H.W. Bush. [N. del T.] [6] Realizada en 1990 para el Day Without Art, organizado por Visual AIDS; instalada de nuevo en el mismo año en la Matrix Gallery, University Arts Museum, Universidad de California, Berkeley; y en 1991 en el marco de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York. [N. del T.] [7] Realizado en la Dia Art Foundation de Nueva York entre 1988 y 1989; el libro —del mismo título— que servía de colofón al proyecto fue editado por Brian Wallis y publicado por Bay Press en 1990. [N. del T.] [8] Se trata de una forma de gobierno local asamblearia existente en algunas poblaciones de Estados Unidos incluso desde antes de la Independencia. Es necesario distinguir entre esta forma vernácula de democracia directa y los town meetings organizados más recientemente por los candidatos como parte de sus campañas electorales. [N. del T.] [9] Democracy in America fue un proyecto de gran envergadura comisariado por Nato Thompson y producido por Creative Time, que comprendía una exposición y numerosas actividades en seis ciudades a lo largo de 2008 (http://creativetime.org/programs/archive/2008/democracy). [N. del T.] [10] Evidentemente, esta conferencia fue escrita antes de la victoria de Barak Obama en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses. [N. del T.] [11] Steve Kurtz es miembro fundador del renombrado colectivo artístico- científico Critical Art Ensemble. Fue detenido en 2004 por el FBI y acusado de bioterrorismo; el delicado caso —que tuvo un amplio seguimiento dentro y fuera del ámbito del arte contemporáneo— fue sobreseído en 2008 (http://www.caedefensefund.org). La fotografía mostrada por Ashford durante su conferencia corresponde a la intervención de Kurtz en Democracy in America el 21 de septiembre de 2008 (véase más arriba, nota 9). [N. del T.] |